Sobre el metaverso y la imaginación

por Luciana Musello

Todas las tecnologías deben ser imaginadas antes de materializarse. Pero, ¿quién las imagina? ¿Quiénes no participan del proceso y por lo tanto, qué otros futuros nunca tomarán lugar?

Imagen: Luciana Musello

↑Escucha la versión en audio de esta columna

Facebook cambió su nombre, ahora se llama “Meta”. El cambio busca reflejar la nueva visión de la empresa enfocada en la construcción del “metaverso”, un entorno de realidad virtual y realidad aumentada al que podremos acceder con gafas inteligentes, representados por un avatar, en un futuro no tan lejano. Zuckerberg introdujo la idea a finales de octubre en un video de lanzamiento disponible en YouTube. A lo largo del pitch, el CEO de Meta se reúne con varios jefes de producto de la empresa para tratar de explicar cómo imaginan que se verá el metaverso. “Quizás jugarás juegos antiguos de nuevas formas”, dice Zuckerberg en la sección de “gaming”, mientras vemos a una persona con cabeza de león (?)  jugar ajedrez (?) contra un holograma (?) en una plaza. Cosas poco emocionantes como éstas se ven a lo largo del video.

Meta, Connect 2021 vía YouTube

No me malinterpreten. El metaverso de Zuckerberg tiene implicaciones importantes. Estamos hablando de una empresa que busca colonizar y mercantilizar nuevos aspectos de nuestra vida, y de la conversión de nuestras prácticas sociales y creativas a transacciones financieras. Todo esto es crítico y debe ser discutido, pero lo cierto es que cuando vi el video de lanzamiento del metaverso, lo único en lo que pude pensar fue: ¿Quién escogió este estilo de animación tan feo para los avatares? ¿El plan es que nos pongamos un casco de realidad virtual para… jugar cartas? Después me di cuenta de que mi rechazo al proyecto de Zuckerberg respondía a una inquietud más profunda sobre lo poco democrática que resulta la invención de nuevas tecnologías. ¿Cómo es que algo que podría cambiar la vida cultural y social de todos, ha sido imaginado de forma tan unilateral por Zuckerberg y sus amigos?  

Todas las tecnologías son producto de la imaginación. Ninguna tecnología surge de forma autónoma o como resultado natural del «desarrollo tecnológico». Sus funciones, forma y usos esperados fueron imaginados por alguien, y por lo tanto llevan inscrita la cultura de sus creadores. Las tecnologías luego dan su salto a la vida cotidiana, y a medida que las incorporamos en nuestras prácticas, moldean nuestra cultura. Esto quiere decir que la imaginación no es solo una cosa etérea, sueño o proyección, sino que al materializarse en tecnología, tiene la capacidad de transformar el mundo.

Podemos encontrar ejemplos de la importancia de la imaginación a lo largo de la historia de la tecnología. La “computadora personal”, por ejemplo, fue imaginada por jóvenes entusiastas de la electrónica, hackers, que simpatizaban con la contracultura de los años 60 y 70 en EEUU. El ideal hippie de libertad individual y rechazo a la autoridad influenció los proyectos de aficionados como Steve Wozniak y Steve Jobs, que empezaron a ensamblar sus propias computadoras en clubes informales de electrónica, una actividad que pretendía “liberar” a estas tecnologías del control del gobierno y los militares. En otras palabras, fue el imaginario contracultural de la época -y no el desarrollo de microchips- lo que sembró la idea de que algo como una computadora de uso personal, pequeña, lúdica y visualmente atractiva, era posible. Este impulso radical de libertad y colaboración también influyó en la imaginación de Ted Nelson, el inventor del hipertexto, y de Vint Cerf, el creador del protocolo TCP/IP que hace posible el internet hoy, ambas tecnologías que se caracterizan por su apertura y flexibilidad. 

Lee también en Radio COCOA: Sobre Facebook y pánicos morales

Pero las consecuencias de la imaginación no terminan ahí. El ethos de rebeldía inscrito en el hardware y software de las herramientas de computación contemporáneas ha transformado nuestra cultura tecnológica de formas más amplias. No es casualidad, por ejemplo, que tendamos a ver a nuestros celulares y computadoras como herramientas de empoderamiento o liberación personal, o que asociemos a la tecnología en general con el progreso y la novedad. Las marcas de esta imaginación contracultural son tan persistentes, que aún hoy los empresarios de Silicon Valley invocan ideales de libertad, creatividad y colaboración para oponerse a la regulación de sus corporaciones, revelando el lado libertario de la contracultura. Esto es lo que los académicos Richard Barbrook y Andy Cameron han llamado “ideología californiana”, la mezcla de individualismo rampante, liberalismo económico y utopismo tecnológico que define al Big Tech.

En definitiva, la cultura de los creadores importa. Son esos imaginarios lo que dan forma a la tecnología y fijan su significado preferente. Por eso es necesario cuestionar quién imagina la tecnología, quién no, y en ese sentido, qué otras posibilidades nunca tomarán lugar. La propuesta del metaverso es un buen ejemplo de estas asimetrías. Más allá de sus avatares caricaturescos, Zuckerberg ha imaginado un universo definido por 1) el gaming, 2) el comercio y 3) el trabajo de escritorio, un futuro tecnológico que refleja los intereses, valores y formas de vida de personas que se parecen a él: jóvenes empresarios tecnológicos del primer mundo. En el proceso, Meta también ha establecido un nuevo lenguaje para hablar del futuro del internet: “bienes virtuales”, “avatars”, “home spaces”, “workrooms” y formas muy específicas de “teletransportación” son algunos de los conceptos que desde ya demarcan los límites imaginativos del metaverso. “Así se ve el futuro, este es su vocabulario y sus condiciones», nos dicen. Y aún así, Zuckerberg asegura que el metaverso es algo que “construiremos juntos”, pero sabemos que no es cierto, o que al menos no se refiere a nosotros.

Ante esto, nos queda especular cómo se vería la tecnología si es que fuéramos otros los que imagináramos. ¿Cómo se vería un metaverso imaginado en Latinoamérica? ¿Qué ejes priorizaría? ¿Se llamaría siquiera «metaverso», considerando que el término viene de “Snow Crash” de Neal Stephenson, una novela cyberpunk gringa? En esa línea, ¿cómo se vería una red social latinoamericana? ¿Qué botones propondrías tú para interactuar? ¿Cómo se vería la interfaz de tu celular si es que hubiera sido diseñada en la región? ¿Cómo se vería el mapa de cables submarinos de fibra óptica si en nuestras geografías dejáramos de ser solo “adoptadores” de tecnología? ¿Cómo sería el internet si pudiéramos participar de su desarrollo?

Estas preguntas son difíciles de responder, pero es crucial formularlas. Otras personas en Latinoamérica han pensando en esto también. En los años 70s, por ejemplo, mucho antes de que el internet estuviera establecido, el gobierno de Salvador Allende en Chile creó Cybersyn, una sistema socialista de planificación de la economía que buscaba promover un modelo de gestión participativo y antiburocrático con la ayuda de computadoras. A pesar de que Cybersyn dependía de máquinas y experticia importada de Estados Unidos e Inglaterra, su historia demuestra una forma totalmente distinta, incluso antagonista, de imaginar los usos de una computadora IBM en la época.

 

Centro de operaciones de Cybersyn

Entre ejemplos más recientes, está Big Data From the South, una iniciativa académico/activista que busca desoccidentalizar las formas en las que pensamos en los datos y sus usos. Otros proyectos como Think South reúnen a artistas y académicos preguntándose cómo se vería el mundo si es que pudiéramos explorar la idea de “desarrollo” desde nuestros sistemas de valores propios. Con este fin, toman la obra “Hombre constructivo” (1938) del artista uruguayo Joaquín Torres García como un punto de partida para trazar imaginarios tecnológicos desde los sures del mundo. También podemos encontrar más ejemplos en memes como los de @djtigua, que ilustran la sospecha que circula alrededor de las narrativas de Silicon Valley.

Hombre constructivo (1938), Joaquín Torres García

Dj Tigua vía Instagram

Quizás el metaverso de Zuckerberg sea un rotundo fracaso. Quizás nunca se haga realidad, o quizás tome otro rumbo. Quizás los avatares del metaverso lleguen a gustarme, y quizás diseñe el mío con cuidado. Detrás de estas posibilidades hay visiones sobre el futuro que están en disputa. ¿Vamos a plantear la nuestra? ¿Quién va hacer el trabajo de la imaginación?

Únete a la conversación

Tal vez te interese