Notas desde lo invisible

por Yuliana Ortiz Ruano
Invisible

Ilustración de Yuliana Ortiz Ruano. Por: Manuela Vásquez Guayasamín

Notas desde lo invisible

Desde la perspectiva de una poeta, escritora, editora y gestora cultural

Por: Yuliana Ortiz Ruano

Pensar que la propia voz puede definir un conglomerado es, quizás, uno de los problemas —a mi pensar— más complejos de nuestra sociedad. Hay, primero, una configuración subjetiva que no puede ser extendida a todas las personas. Aunque pertenezcan al mismo grupo cultural. Entonces si pienso en cómo es crecer siendo afro en Ecuador, inevitablemente tengo que hablar por mí, sabiendo que esta experiencia me pertenece y que de ninguna manera será similar a la de otras niñas o mujeres.

Sin embargo, por el evidente reparto colonial del trabajo y el acceso a derechos, que sigue siendo insuficiente en nuestro país para las personas racializadas, habrá, seguro, muchas líneas donde las prácticas de otras personas converjan con mi propia experiencia del crecer.

Las nociones de lo afro en el Ecuador continúan ligadas a medios y dinámicas de exclusión social, económica y cultural. Los derechos y espacios ganados a través del tiempo consisten en una amplia lucha llevada a cabo por las y los pertenecientes a la comunidad desde distintos territorios. En este país, las personas afro todavía tenemos que explicar constantemente nuestra existencia para acceder a derechos vitales como la educación, la salud, y los medios para estabilizar nuestra propia economía.

Las lógicas de centro y periferia, que se hacen más visibles en ciudades consolidadas históricamente como territorios coloniales/criollos, no sólo impiden el desarrollo de este grupo humano. Sino que contribuyen a borrar los hitos logrados por mujeres y hombres negros que de, alguna manera, resisten a estos juicios, a través de distintas formas de agenciamiento colectivo.

Mis propias ideas de la afrodescendencia en Ecuador surgen en la provincia de Esmeraldas, lugar donde nací y viví hasta los diecisiete años, antes de salir para hacer mis estudios universitarios. Esta provincia fue uno de los primeros palenques en América Latina. Es decir, se consolidó como un territorio libre. En 1553, cerca de la región insular del sur de la provincia de Esmeraldas, encalló un barco que llevaba gente esclavizada hasta las costas del Perú. Esta historia llegó a mí a través de mis clases escolares. Entendí desde la escuela y en mi casa la importancia de ser esmeraldeña, negra y afrodescendiente.

Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y accedía a otros centros educativos, podía entender lo incómoda que resultaba esta historia en ciertos lugares mestizos, donde las lógicas de lo étnico acarreaban un sesgo de retroceso o simplemente eran menos importantes que, por ejemplo, la historia de liberación criolla de Simón Bolívar.

En alguna ocasión, un maestro se burló de mí en la secundaria cuando le dije que el primer pueblo libre de América era Haití y no Ecuador. Entendí que la historia afro no era importante para todas las comunidades, y sobre todo para las personas no-afro o las que han intentando eliminar esa franja racial de su apariencia/existencia.

Los procesos de discriminación racial en Esmeraldas nacen de otras ramas igualmente coloniales: discursos de segregación de corte clasista y políticas de blanqueamiento que se suscriben en lo estético y lo visual. En el territorio y en los cuerpos de mujeres y hombres. Sin embargo, la característica de consolidación de esta provincia como un territorio libre —dentro de las lógicas libertarias posibles en el siglo XVI— hizo que perduren prácticas ancestrales a lo largo del tiempo. Estas prácticas van desde el baile, la música y la comida hasta las formas lingüísticas que pervivieron a través de procesos sincréticos entre lenguas vernáculas africanas, castellano y los idiomas nativos indígenas.

Muchos de esos saberes han llegado hasta el presente gracias a la fuerza con la que este pueblo de diáspora se aferra a la palabra como un medio de convocar a la memoria y hacer de esta un organismo vivo capaz de reproducirse. La oralidad sigue siendo la pauta y puente de conexión de los tiempos, y en ese flujo temporal se trae consigo todas las formas de conocimiento.

Los palenques nacieron como territorios libres que generaban sus propias políticas territoriales en concordancia con los saberes culturales que viajaron del continente africano hasta las costas esmeraldeñas. No obstante, muchos de estos territorios fueron cediendo ante las prácticas moderno-capitalistas que iban imponiéndose en el continente, con el crecimiento de las exportaciones y las formas estructurales de hacendazgo.

Los movimientos libertarios hicieron que la provincia de Esmeraldas consiga su independencia antes que el Ecuador, en 1820, mientras que la del país se dio en 1822. La historia del pueblo negro es la historia de la lucha y la movilidad. Desde los tiempos palenqueros en los que venían cimarrones y cimarronas de distintas partes del país —Imbabura, Carchi— y de Colombia, huyendo de las minas y haciendas esclavizadoras. Pero también en los procesos libertarios del siglo XIX, y posteriormente, en los siglos XX y XXI.

La ausencia de oportunidades genera procesos migratorios desde norte y sur de la provincia hasta la ciudad capital para realizar todo tipo de trabajos. Entre estos, el trabajo doméstico, mayoritariamente. Pero también para realizar estudios superiores. Ya que la educación sigue centralizada y condicionada en los espacios rurales, por la falta de asignación de recursos para las escuelas y colegios de las comunidades.

Estos tránsitos no se generan de manera sumisa y silenciosa. El pueblo afro lleva consigo todo tipo de desobediencias que permiten liberar a distintas comunidades y sigue generando espacios de resistencia en varios puntos del país. Estos tránsitos históricos son mayoritariamente invisibilizados y perseguidos. Las barriadas y asentamientos donde hay poblaciones negras se han afianzado bajo la premisa de que son espacios intransitables y altamente peligrosos. Sin embargo, de esos mismos sitios provienen las personas que vehiculan y sostienen la economía del país realizando trabajos pesados, tercerizados, sin reconocimiento de sus derechos.

Cuando hablo de invisibilidad, también me refiero a todas las formas que imposibilitan un acercamiento a la historia de los afro en Ecuador. Una que esté escrita por ellos. La mayoría de los textos que ahondan en los medios y formas de liberación de las personas negras, desde la época colonial hasta nuestros días, utilizan palabras, maneras y medios que resultan bastante problemáticos. Pienso que el mayor de los retos para las generaciones nuevas de la comunidad negra es escribir, reescribir y desmontar los imaginarios racistas que se desprenden de la obra de la mayoría de los historiadores, etnógrafos y escritores que han “contribuido ” a acrecentar las formas de exclusión, directa e indirecta, de los sujetos negros en este país.

Estas dificultades representativas han hecho surgir en las y los intelectuales negros la insistencia en la resignificación. Acto más que necesario para llevar a cabo un ejercicio de reescritura de una historia instituida en la reparación de la memoria. La historia de lo población afro es también la historia del mapeo de las huellas y la recuperación constante de la voz. Frente a las personas que han escrito en torno a lo negro desde un lugar de enunciación cargado de los prejuicios anteriormente mencionados, sobre los cuales se instauró la idea de Estado o nación en medio de la que existimos.

La huella de lo afro es también un recuento de la búsqueda en la oralidad, en el escucharse mutuamente para generar otras formas de lo histórico. Lecturas acordes a lo que ellos viven, y no tanto a los medios que encontraban aquellos que estudiaban sus comportamientos para caricaturizarlos.

En lo que respecta a las relaciones interraciales, lo blanco ha sido definido a partir de una premisa fundacional: los blancos como la norma de la humanidad y la gente de color como una aberración de esa norma. Me refiero al sociólogo, Humberto García Ortiz (1903-1998), que publicó en 1935 su Breve exposición de los resultados obtenidos en la investigación sociológica de algunas parcialidades indígenas de la Provincia de Imbabura. Lo que interesa de ese trabajo de sociología, que analiza a algunos de los pueblos indígenas de Imbabura, es que García Ortiz incluyó un apéndice sobre el Valle del Chota cuya mayor población es afro.

Entre sus conclusiones científicas, él señalaba que “para estudiar a los negros” se tenia que “adoptar nuevos dispositivos científicos para comprenderlos”. Pero, ante “la inutilidad de la técnica científica de la Sociología, fue preciso utilizar otras técnicas, trasladarnos al plano de una metasociología, o, acaso, de una infrasociología. Pues, en último término, la Sociología es ciencia del espíritu y el negro pertenece al mundo de la naturaleza”. Más adelante, García Ortiz puntualizó que la única forma de estudiar a los negros fue mediante “Paleontología psicológica o Psicología paleontológica (…) precisamente porque son seres a-psicológicos, en la misma medida y en el mismo sentido que lo son el niño y el salvaje”. [1]

Humberto García Ortiz es considerado uno de los más importantes pensadores del Ecuador, por sus aportes sociológicos y culturales. Con la cita anterior no se intenta deslegitimar los aportes que hizo en sus fuentes de estudio. Pero sí es importante recalcar que sobre estos textos se erigieron varios de los cimientos de muchos intelectuales de la época, cuyos pensamientos racistas y clasistas continúan haciendo eco hasta hoy.

Crecer fue también entender que lo afro se concebía como algo que había que superar, de alguna manera. Ejerciendo por ejemplo un sinnúmero de dispositivos estéticos para quitar esta huella que tienen, en su mayoría, las personas en este país. Pero, más que crecer, fue salir de mi ciudad y habitar ciudades con más reparto colonial del trabajo. Espacios donde sigue siendo sorprendente que la gente negra haya terminado los estudios superiores y que no esté ligada al trabajo de servicio doméstico.

La importancia de conocer las historias establecidas y las propias posibilidades de lo histórico, que se agencian desde las voces de un pueblo, es grande. Esas historias y posibilidades son necesarias para entender la importancia de la propia visibilidad. Que la existencia e insistencia de un pueblo dejen de ser invisibles. Y que dejen de serlo, tal vez, en nuestra propia notoriedad.

 

[1]“Complicidades no intencionadas y otras sutilezas de la representación” en Representaciones de lo afro y su recepción en el Ecuador. Encuentros y desencuentros en tensión, Michael Handelsman University of Tennessee (Quito: Universidad Andina Simón Bolívar y Abya- Yala, 2019), 9.



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