Festival Cordillera, la máquina de la nostalgia latina

por Dario Granja
El 12 y 13 de septiembre, el Parque Simón Bolívar de Bogotá acogió la quinta edición del Festival Cordillera. A través de postales escritas, el periodista Darío Granja reporta a Radio COCOA la experiencia.

Hace mucho que no hago esto: escribir lo vivido. En la era de lo inmediato, sentarse a escribir parece un gesto anacrónico, casi a contracorriente del consumo cultural dominante. Pero aquí estamos. Elegir las palabras en lugar de subir stories, publicar reels o alimentar el feed. Al pensar cómo abordar la experiencia de un festival tan multitudinario como el Cordillera, decido asumir este espíritu vintage y estructurar el texto como quien envía postales a sus seres queridos. En este caso, postales para reportar la experiencia a Radio COCOA.

El 12 y 13 de septiembre, el Parque Simón Bolívar de Bogotá acogió la quinta edición del festival, que convocó a 70.000 personas en sus dos jornadas, según el reporte de la productora Páramo Presenta. La cifra, impactante a primera vista, refleja el primer descenso en su convocatoria tras el pico alcanzado en 2025, cuando superó los 82.000 asistentes. Aún así, el Festival Cordillera se ha consolidado en tiempo récord en el imaginario regional como un hito que atrae a visitantes de países como México, Ecuador, Panamá o Costa Rica, quienes este año representaron el 13,7% del público. Dentro de ese porcentaje estábamos nosotros: Boom (Stefany Granada) en la cámara y un servidor en los apuntes.

Esta edición reunió a 40 agrupaciones de una extensa diversidad musical, hermanadas por una identidad cultural que no conoce fronteras, pero sí un sentido de pertenencia: el ser latino. En ese contexto, recorrer un festival con escenarios bautizados con nombres de montañas andinas (Aconcagua, Cocuy y Cotopaxi), sumados a la tarima principal, Cordillera, exige una toma de decisiones constante. Moverse por el parque es una actividad poco recomendada para indecisos, donde optar por las atractivas espinas del rock implica renunciar al apacible camino del reggae. Nada más parecido a la vida misma. En ese sentido, cada postal que sigue es el testimonio de una elección y de una renuncia personal.

PRIMER DÍA.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 1. Un viejo conocido

Las primeras horas de un festival son una fiesta en construcción. La atmósfera es distinta y la expectativa de lo que está por ocurrir se respira en el aire. Llegamos al mediodía, dos horas antes de la apertura de puertas. Aun así, los alrededores del Parque Simón Bolívar ya están cercados, el paso es restringido y la seguridad custodia cada rincón. Tras superar el control de acreditaciones, ingresamos por el costado del escenario Cordillera. Justo en ese instante, Andrés Calamaro y su banda terminan la prueba de sonido con su clásico “Alta Suciedad”. En mi quinta visita a este festival, me alegra escuchar a un viejo conocido.

Postal 2. Los hermanos latinos

El primer grupo que elegimos ver fue The Latin Brothers, una orquesta de salsa que llenó sin esfuerzo el Cotopaxi, el escenario techado del festival. Desde el primer compás se percibe la grandeza de este combo. La sensación inmediata es que no es solo música, sino un sentimiento arraigado en el corazón de los colombianos. Se siente el peso de los años, el sonido familiar y una alegría que atraviesa generaciones. Un repertorio clásico que enciende el pecho del público y los pone a bailar al instante. Luego, al revisar su historia, las piezas encajan: es una banda con más de 50 años de trayectoria, fundada por Antonio Fuentes y Julio Ernesto Estrada “Fruko”. Aquí no solo se baila salsa, se celebra la herencia.

Postal 3. La inesperada nostalgia pop

Llegamos a Paula Pera por error o casualidad. Nelda Piña y sus tambores, referente de la música afrocolombiana de 77 años, no se presentó en el Aconcagua a la hora prevista porque fue reubicada en el turno de Ed Maverick, quien canceló a última hora por motivos de salud. Ante ese vacío en la agenda, terminamos en el escenario Cocuy frente al pop nostálgico de Paula Pera y el fin de los tiempos. Una artista emotiva, de notable presencia escénica y con un discurso en clave de folk pop que le apuesta al amor en un mundo convulso. No figuraba en nuestro itinerario, pero nunca está de más apostarle a una nueva voz que le canta a la vida.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 4. Canción moderna

Los años pasan y a Emmanuel Horvilleur le sientan bien. A sus 51 años, el cofundador de Illya Kuryaki and The Valderramas (IKV) se presentó por primera vez como solista ante el público bogotano. Ofreció un show impregnado del funk y el pop que definen su firma musical. Vestido con una suerte de enterizo samurái rojo intenso y zapatos blancos, Horvilleur aprovechó sus 60 minutos en escena para recorrer clásicos de su etapa en solitario, entre ellos “19” (aquella balada melancólica grabada junto a Gustavo Cerati) y “Amor loco”. También evocó la memoria de IKV y tocó “Jugo”. Tampoco dejó pasar la oportunidad de tocar “Radios” antes de despedirse con ironía: «Muchas gracias, espero no volver a los 102 años».

Postal 5. Hipnotízame

Después de Horvilleur era momento de acudir al escenario Cordillera. Personalmente, Fobia era mi principal motivo para asistir este año. No los había visto antes y estaban en mi lista de pendientes. Esta banda formada a finales de los ochenta cuenta con una alineación que funciona casi como un supergrupo de músicos indispensables para la historia del rock en español. Su presentación en el escenario Cordillera estuvo a la altura de su estirpe. Son dueños de una elegancia que no solo se refleja en sus trajes, sino en la soltura con la que interpretan canciones grabadas en el ADN del rock latino. Con Leonardo de Lozanne al frente, la banda trazó un recorrido imponente, desde “Veneno Vil”, tema con el que abrieron, hasta un electrizante medley que enlazó “Revolución sin manos” y “Sympathy for the Devil” de los Rolling Stones, para rematar con “El Diablo”. Aplausos de pie para un grupo que encaró el show con la solvencia de quien se sabe responsable de su propia grandeza.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 6. La cultura de la poligamia

Tras el show de Fobia, Cultura Profética se apoderó del escenario Aconcagua, mientras Poligamia (aquella mítica banda de pop rock de los noventa liderada por Andrés Cepeda) repletaba el Cocuy. Dividido entre la urgencia de publicar stories para Radio COCOA desde la sala de prensa (el único rincón con señal de internet) y la necesidad de comer algo al paso, terminé viendo a ambos grupos a la distancia. Aquella agitación me llevó a reflexionar sobre cómo los festivales son un síntoma de nuestra época. Para abarcarlo todo hay que fragmentar la vivencia, escuchar un puñado de temas en un escenario y correr hacia el siguiente. Por intentar registrar a ambos grupos, terminé haciendo un zapping presencial que no recomiendo. La experiencia a medias nunca se siente igual.

Postal 7. Lengua popular

Mi decisión estaba clara, vería a Meme del Real, de Café Tacvba. Sin embargo, tenía quince minutos libres y Andrés Calamaro acababa de encender el escenario Cordillera. Calamaro es un salmón incombustible que se resiste a morir por su propia boca. En los cuatro temas que alcancé a presenciar (“Los chicos”, “A los ojos” (de Los Rodríguez), “Crímenes perfectos” y, ya mientras me alejaba, “Loco”), no desaprovechó el micrófono para cantar o hablar. Recordó sus primeras visitas a Colombia desde 2008, su paso por Cali (donde afirmó haber descubierto discos de salsa “satánicos”) y, para variar, hizo alusión a su pasión taurina. Su lengua sigue siendo tan popular como en ocasiones incómoda y afilada. Al alejarme, percibí el malestar del público ubicado detrás de la cabina de sonido debido a que el volumen resultaba demasiado bajo para disfrutar a pleno del mito argentino.

Postal 8. Aviéntame

Arropado por un traje negro formal con camisa blanca, y con esa timidez serena que lo caracteriza al hablar, Meme del Real salió al escenario Cotopaxi. Al llegar, no me sorprendió encontrar una carpa a medio llenar. Meme es un músico enorme que siempre ha esquivado los reflectores. Sin embargo, su presentación no hizo más que confirmar que es un compositor fundamental del rock en nuestro idioma.

La constatación llegó tanto con sus temas en solitario, que merecen muchísima más atención, como con aquellos clásicos de Café Tacvba a los que prestó voz y letra. Entre ellos figuró “Aviéntame”, canción que presentó con una humildad pasmosa: «Esta es una composición que hice para la película de un amigo», comentó, omitiendo que ese filme, Amores perros, revolucionó el cine contemporáneo. Así es Meme, un gigante silencioso. Hacia el final, regaló un popurrí de canciones de Los Ángeles Azules, Grupo Intocable, Selena, Juan Gabriel y Madonna, tamizados por su particular firma que cruza la vanguardia electrónica con la raíz popular. Mientras tanto, bailaba como un robot desprogramado, al puro estilo de Thom Yorke, pero con sello propio. Un performer impecable.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 9. De Cali a La Plata

En el escenario Aconcagua se lee en la pantalla “Niche Disco Tour”. El grupo que puso a Cali y Colombia en el mapa mundial de la salsa está por salir al escenario y mientras tanto se proyectan mensajes de texto, tipo SMS, donde diversas personas mencionan qué canción del Grupo Niche dedicarán a sus allegados. Fundada por Jairo Varela, esta orquesta es la banda sonora indiscutible de todo un continente, capaz de poner a bailar hasta al más punk de los asistentes. Mientras la salsa marcaba el pulso en el aire, a pocos metros algo histórico también sucedía. Virus, la banda de La Plata que definió una estética musical e influenció a agrupaciones como Soda Stereo, estaba tocando por primera vez en Colombia. Con un repertorio de canciones que pertenecen a sus discos grabados antes de la muerte de su legendario vocalista Federico Moura en 1988, la agrupación no defraudó a los asistentes. La banda liderada por Marcelo Moura fue un refugio de placer para quienes querían moverse al ritmo del new wave y el synth pop.

Postal 10. De la masividad a la longevidad.

Para llegar hasta el escenario de Miguel Mateos debo atravesar la multitud congregada frente a Beéle en la tarima Cordillera. La popularidad del joven barranquillero, conquistador de la radio comercial y del algoritmo, es incuestionable. A mi juicio, es el concierto con mayor convocatoria de esta edición. El público desborda el predio; incluso a lo lejos, se me dificulta enfocar el escenario. La indignación virtual de algunos seguidores del festival por su inclusión en el cartel se desdibuja aquí entre los ritmos del afrobeats y dancehall, guiados por la voz ronca y relajada de este nuevo fenómeno latino. Lo miro unos minutos y continúo mi camino.

Al llegar al escenario Cotopaxi me encuentro con Miguel Mateos sobre las tablas. Un caballero de 72 años que entona himnos que parecen habitar mi memoria desde siempre. Verlo, con su abrigo largo con destellos brillantes, su cabellera plateada peinada hacia atrás y esa actitud indomable de un rockero del siglo pasado, es hipnótico. Un Elvis atemporal. La carpa está repleta de un público que en su mayoría supera los 40 años y canta a todo pulmón sus canciones, mientras lo admira con el asombro de un niño ante un gran truco de magia. Entre canciones habla de temas sociales, denuncia los abusos infantiles y envía mensajes en favor de las disidencias. Mateos, desde el pasado, sostiene una mirada lúcida sobre el presente. Cuando seamos grandes, todos deberíamos ser como Miguel Mateos.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 11. Jamaica con pimienta

La jornada está por finalizar, el cuerpo acusa el cansancio y los pies laten más rápido que el corazón. Me encuentro frente al escenario Aconcagua, donde Sean Paul, referente global del dancehall, hace su aparición. El público quiere bailar y él lo sabe. Despliega un repertorio efectivo, pero poco sorprendente. Hay cierto artificio en su puesta en escena. La propuesta en vivo del jamaiquino, con visuales generados por inteligencia artificial y una cascada de éxitos empaquetados, me resulta un exceso. Permanezco unos minutos y decido elegir a Lido Pimienta para terminar la noche.

Son los minutos finales del primer día, y Lido interpreta temas de Caribenya, su más reciente trabajo discográfico. Sostenida apenas por un baterista y una computadora desde la que lanza sus secuencias, la artista se apoya en una voz expresiva para sacar adelante el show ante unos cientos de fieles. Fuera de las melodías, mantiene una actitud desafiante. Denuncia abiertamente el genocidio en Gaza, critica a los gobiernos de derecha y enciende a la audiencia con proclamas feministas. Entre beats latinos y esa voz que clama justicia decido junto a Boom emprender la retirada. Mañana será otra jornada y el festival debe continuar.

SEGUNDO DÍA

Fotografía: Stefany Granada

Postal 1. De regreso al punto de partida

De camino al festival en un Uber, el tráfico en los alrededores del Parque Simón Bolívar se vuelve cada vez más espeso. Conversamos con Boom sobre el día anterior mientras el conductor escucha en silencio, hasta que decide intervenir. Nos pregunta de dónde venimos. Al responderle, hace una pausa y dice con asombro: «¿Solo por el festival vinieron desde Ecuador?». Su desconcierto es genuino. Le resulta incomprensible que dos personas hayan recorrido más de setecientos kilómetros, invirtiendo tiempo y dinero, solo para asistir a este evento. Una risa nerviosa antecede a nuestra respuesta afirmativa. No hay duda de que cruzamos la frontera solo para esto. Lo haríamos tantas veces como sea posible.

Postal 2. A pocos metros del ruido y la calma

La primera impresión es que hay más personas transitando por el parque. Se nota en las filas de los puestos de comida, en los emprendimientos del Mercadito Latino y en las activaciones de marca. El segundo día del festival despierta con un ambiente más diverso, algo que se percibe desde los primeros directos. Pasamos por el escenario Cotopaxi, donde Árbol de Ojos, banda bogotana formada en 2007, revienta los parlantes con un rock crudo y directo, aunque el sonido resulta un tanto saturado. A pocos metros, en contraste, resuenan los cantos del sur de Colombia. Briela Ojeda abraza el folclore contemporáneo y revitaliza la canción latinoamericana junto a músicos que nos envuelven en una atmósfera cálida, con mensajes de gran belleza lírica.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 3. Amar el destino

En los conciertos de Draco Rosa todo puede suceder. Son saltos al vacío donde todo está siempre en juego, a merced de su estado de ánimo y del rumbo imprevisto al que conducen los arreglos musicales en vivo de sus canciones. Al salir al escenario se contempla a ese personaje vestido con una suerte de capucha roja y traje negro, con estampa de poeta maldito. Draco proyecta oscuridad incluso en las tardes más radiantes. Su voz, profunda y por momentos lánguida, provoca un magnetismo absoluto o un rechazo inmediato. En mi caso, me ubico en el primer bando. Mantiene un equilibrio sutil para no caer en los abismos que narran las letras de sus canciones, entre ellas, “Penélope”, “Madre Tierra” o “Vagabundo”. Por instantes se aferra con ambas manos al pedestal, dejando al descubierto los tatuajes de sus dedos que rezan Amor Fati. En otros, se entrega a un baile desenfrenado. Sobriedad y euforia.

Postal 4. Despedidas y regresos

En el escenario Cocuy, el más íntimo del festival, Jarabe de Palo desbordó el espacio con un repertorio repleto de clásicos. Sus canciones han ganado mayor fuerza y emotividad tras la partida de su líder, Pau Donés, a causa de un cáncer en 2020. La agrupación sostuvo un emotivo homenaje en la voz al unísono de Pedro Capó junto a todos los presentes.

Mientras tanto, en el escenario Aconcagua, Tan Biónica (uno de los grandes referentes del pop rock argentino de las últimas décadas) tenía su primer encuentro con Bogotá. Chano, su vocalista, se mostró sorprendido por el recibimiento. No podía creer que, tras 7 años de pausa, la banda formada en 2002 tuviera un público tan fiel en la capital colombiana. Cerraron su presentación con temas como «Ciudad Mágica», «Obsesionario en La Mayor» y «La Melodía de Dios». Ver a ese público, reducido pero devoto, cantar con tanta euforia me provocó cierto pudor. Me sentí como un voyeur contemplando pasiones ajenas.

Postal 5. El rey del aura

Entrada la noche, Dante Spinetta, músico del más noble linaje argentino, subió al escenario Cotopaxi. En una batalla de farmear aura, Dante saldría como el ganador indiscutible. Su estilo, ya sea al tocar la guitarra, rapear o desplazarse por la tarima, se nutre de la tradición más elevada del funk y el pop global, con guiños a figuras como Prince o Michael Jackson. El único punto en contra fue un sonido sobresaturado en los bajos que opacó buena parte del directo. Sin embargo, Dante sabe comunicarse mucho más allá de su voz. Su show incluyó un juego de gemidos replicados por el público, temas de sus últimos discos Mesa Dulce y Día 3, además de la adictiva “Coolo”, de su época con IKV.

Postal 6. Antes de que nos olviden 

El peso indomable de los años cae sobre el rostro de Saúl Hernández; sin embargo, su voz no obedece las leyes del tiempo ni de la gravedad. Desde las primeras filas del escenario Cordillera, el público los contempla como a figuras míticas de la cosmovisión azteca. Y tiene sentido, es una banda que desde 1987 sembró una semilla fundamental del rock en nuestro idioma. Su presentación estuvo a la altura de su legado, con un repertorio que incluyó “Viento”, “Aquí no es así” y “Afuera”. El momento de mayor emotividad llegó con el homenaje a las víctimas de los sismos en Colombia, con “Antes de que nos olviden”, acompañado por una secuencia de fotografías documentales sobre la reconstrucción de las ciudades afectadas. Un gesto difícil de olvidar. Por segunda ocasión en este festival, Caifanes volvió a hacer historia.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 7. La seducción no se canta

Faltan pocas horas para que concluya esta edición del festival y la multitud comienza a agolparse en el escenario Cordillera a la espera de Ricky Martin. Antes de unirme a la masa, hago una escala en la sala de prensa ubicada a pocos metros del escenario Cocuy. Ahí, Diamante Eléctrico está presentando su concierto “Crudo y cursi”, un proyecto donde reinterpretan en tono íntimo y acústico canciones propias y ajenas. Tras ese paréntesis, me encamino al gran acto pop del día.

Con una escenografía de varios niveles, pasarela, banda completa y cuerpo de baile, Ricky Martin hace su aparición. Al salir, viste un sobrio y elegante traje negro de varias capas, de las que irá desprendiéndose poco a poco. A sus 54 años, el puertorriqueño entrega un espectáculo donde el dramatismo seductor de su baile importa tanto o más que su canto. Sabe exactamente qué fibra tocar y juega con su atractivo todo el tiempo, al secarse el sudor del cuerpo o al sonreír ante los gritos extasiados de mujeres y hombres. Su concierto es una secuencia de hits que recorren más de 30 años de trayectoria, mientras su presencia erotiza hasta el césped del parque.

Fotografía: Stefany Granada

Postal 8. El funk que cura el dolor

En el tramo final de la noche coinciden en dos escenarios el ska mestizo de Panteón Rococó y el funk latino de Los Amigos Invisibles. Me detengo un momento a ver a la banda del Dr. Shenka, que enciende a una de las aficiones más fieles de la jornada. Sin embargo, el agotamiento me supera y emprendo la marcha hacia la sala de prensa para recoger mis pertenencias, no sin antes pasar por el escenario donde la gozadera venezolana anestesia mi dolor de pies y espalda. Los Amigos Invisibles poseen esa virtud casi médica de curarme; ya lo han hecho en el pasado. Julio César Briceño, Chulius, aprovecha los intermedios de canciones como “La Vecina” o “La que me gusta” para agradecer a quienes se dieron cita. Confiesa que no esperaba que un domingo, casi a la medianoche, hubiera público para ellos. “Por suerte, estas cosas suceden en Bogotá”, concluyó. Sonrío y pienso lo mismo. Esta ciudad es especial.

Postal 9. Yo te elegiría de nuevo

Termina el Cordillera, aquella máquina de la nostalgia. Una celebración de músicos y canciones que marcaron nuestro pasado y que aún resisten al paso del tiempo. Me sorprendió escuchar a varios músicos, entre ellos Saúl Hernández, Meme del Real, Miguel Mateos o Emmanuel Horvilleur, agradecer de forma genuina y casi atónita estar allí. Podría ser un discurso un tanto complaciente o cliché, pero en sus palabras había algo genuino. 

Es sorprendente que, en una época donde todo cambia y caduca tan rápido, entre íconos de temporada y modas efímeras, existan distintas generaciones de personas con el deseo intacto de escucharlos, elegirlos y congregarse frente a un escenario. No he faltado a ninguna edición del festival, aunque casi lo hago este año (gracias por eso, Radio COCOA). Desde la primera entrega me conmovió ver las huellas del tiempo, pero también el brillo intacto, en los rostros de los artistas con los que crecí. Me complace que esa alegría del encuentro sea mutua. Si puedo, volveré una vez más solo por esto.

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