‘Soy Cuba, O Mamute Siberiano’ el redescubrimiento de una obra marcada por la Revolución y el paso del tiempo

por Rafaella Terán López
En su 25.ª edición el festival EDOC presenta Soy Cuba o Mamute Siberiano como parte de ‘El archivo vivo’, una sección dedicada a recuperar películas que han formado parte de la trayectoria del festival. La proyección vuelve a poner en circulación uno de los títulos más destacados de su archivo.  

Recordar nunca ha significado conservar intacto el pasado, porque toda memoria depende también del presente desde el que se la recupera. Una película puede nacer profundamente ligada a las preocupaciones de una época y terminar diciendo algo distinto cuando esas mismas imágenes reaparecen muchos años después.

Hay obras que continúan existiendo materialmente mientras desaparecen de la conversación cultural, apartadas de nuevas generaciones hasta que algún acontecimiento las devuelve a circulación. 

Redescubrir una película no significa simplemente volver a verla, sino permitir que entre nuevamente en diálogo. Con ese regreso también cambia el lugar que ocupa dentro de la memoria cinematográfica y surgen preguntas que quizá antes no podían formularse. Es justamente en ese espacio en donde empieza a construirse Soy Cuba, O Mamute Siberiano.

Estrenado en 2004, el documental del brasileño Vicente Ferraz vuelve sobre Soy Cuba (1964), una película que para entonces había permanecido durante décadas fuera de circulación. Ferraz viaja a Cuba en busca de quienes participaron en aquel rodaje y construye su relato a partir de testimonios, material de archivo y fragmentos de la obra original. Actores, técnicos y colaboradores reconstruyen una experiencia que muchos recuerdan menos como un trabajo puntual que como un episodio excepcional de sus vidas. 

El documental se interesa por algo más amplio que la explicación de sus complejos movimientos de cámara o la escala de la producción. Ferraz busca aquello que existió alrededor de la película: la convivencia entre cubanos y soviéticos, las tensiones que aparecieron durante el proceso y la forma en que el recuerdo de aquella experiencia fue cambiando con los años.

La nueva cultura cinematográfica cubana

La historia a la que Ferraz regresa comienza en una Cuba atravesada por las transformaciones de los primeros años de la Revolución. Dirigida por Mijaíl Kalatózov y fotografiada por Serguéi Urusevski, Soy Cuba fue una coproducción entre Cuba y la Unión Soviética, cuando la isla concentraba una enorme atención internacional. 

La reciente creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) había situado al cine dentro del proceso de construcción de una nueva cultura cinematográfica cubana, mientras la cercanía política con la Unión Soviética abría posibilidades de colaboración entre ambos países. 

Kalatózov llegó así a una sociedad que también estaba definiendo las imágenes con las que quería representarse. La recepción de Soy Cuba, sin embargo, estuvo lejos del entusiasmo esperado. La película desapareció rápidamente de circulación y solo décadas después comenzó a ocupar el lugar que hoy tiene dentro de la historia del cine.

Soy Cuba fue una coproducción entre Cuba y la Unión Soviética.

En O Mamute Siberiano, esa historia vuelve a construirse desde un lugar mucho más íntimo que el de los grandes acontecimientos políticos que rodearon su producción. El relato avanza a través de quienes estuvieron ahí, como si para llegar nuevamente a la película fuera necesario atravesar primero la memoria de las personas que la hicieron. No aparece una única versión del pasado.

Cada testimonio recupera una parte distinta y el montaje encuentra entre ellas una continuidad que funciona casi como una línea de tiempo afectiva. Para muchos de sus participantes, el rodaje excedió la experiencia profesional y quedó asociado a un momento irrepetible de sus vidas, cuando Cuba concentraba grandes expectativas de transformación. Esa cercanía emocional, sin embargo, convive con una tensión que Ferraz no intenta borrar.

Soy Cuba convirtió la Revolución en una propuesta visual intensamente estilizada, casi romántica, pero en ese gesto también dejó ver la distancia entre quienes observaban Cuba desde afuera y quienes debían reconocerse dentro de esas imágenes.

La isla imaginada por Kalatózov y Urusevski no siempre coincidía con aquella que los propios cubanos identificaban como suya. Esa fricción resulta importante para entender la recepción inicial de la película y también permite que el documental vaya más allá de reconocer la fuerza visual de Soy Cuba. Ferraz recupera una obra monumental, pero también las contradicciones que quedaron alrededor de la mirada con la que fue construida.

No es una prueba sencilla

Volver al filme hoy implica enfrentarse también al país que existe más de sesenta años después de aquellas imágenes. En septiembre de 2026, Cuba atraviesa uno de los momentos más críticos de su crisis energética: la red eléctrica nacional ha colapsado varias veces durante el año y los apagones prolongados se han vuelto parte de la vida cotidiana en distintas zonas del país. 

A esto se suman la escasez de combustible y productos básicos, el deterioro de la infraestructura y un nuevo endurecimiento de las sanciones y restricciones impuestas por Estados Unidos. Al mismo tiempo, la emigración de los últimos años ha transformado profundamente la composición social de la isla, especialmente por la salida de jóvenes. 

Ese contexto vuelve difícil observar Soy Cuba únicamente como una obra recuperada de la historia del cine, porque las imágenes de 1964 terminan inevitablemente enfrentadas a una realidad que ya no puede leerse desde el mismo entusiasmo con el que fue filmada.

En septiembre de 2026, Cuba atraviesa uno de los momentos más críticos de su crisis energética.

Ese presente modifica la forma en que la película puede ser recibida hoy. Kalatózov trabajó sobre una Cuba en la que la Revolución todavía podía pensarse como un proyecto abierto y cargado de expectativas de transformación, tanto dentro como fuera de la isla. 

Más de seis décadas después la distancia entre ambos momentos no convierte a Soy Cuba en una prueba sencilla del éxito o fracaso de la Revolución, pero sí vuelve más compleja su lectura. 

Lo que en 1964 podía presentarse como posibilidad histórica hoy se observa desde un presente que conoce todo aquello que vino después. En ese contraste aparece una parte importante de la vigencia de la película: ya no habla únicamente del país que intentó representar en su momento, sino también de las preguntas que ese pasado continúa abriendo sobre la Cuba que existe hoy.

O Mamute Siberiano no intenta devolver a Soy Cuba al tiempo del que provino, sino observar qué ocurre cuando una película reaparece en un mundo completamente distinto al que la produjo. Ferraz vuelve a esas imágenes junto a las voces de quienes participaron en ellas, pero lo que surge de ese encuentro ya no puede pertenecer únicamente a 1964. 

El mamut siberiano

La película carga ahora con todo lo que ocurrió después, incluso con aquello que contradice o vuelve más complejas las expectativas que alguna vez fueron depositadas sobre Cuba. Es entonces cuando la imagen del “mamut siberiano” adquiere otro significado. Como un cuerpo que ha permanecido conservado bajo el hielo, Soy Cuba reaparece reconocible, pero rodeada por un paisaje que ya no es el suyo. 

El tiempo no la destruyó, aunque sí cambió profundamente la forma en que podemos acercarnos a ella. Ahí es donde recae el verdadero valor de su redescubrimiento: no en corregir la lectura que se hizo de la película en su momento, ni en convertirla en una reliquia intocable, sino en aceptar que una obra puede volver cargada de significados que antes no estaban disponibles. 

Ferraz no cierra la historia de Soy Cuba al recuperarla. Más bien demuestra que todavía queda algo en esas imágenes capaz de entrar en conflicto con el presente y modificar la forma en que entendemos lo que conocemos.

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