BOUQUET: Un ramillete que reivindica el periodismo queer y cultural

por Katicnina Tituaña
Esta es una entrevista al periodista y escritor queer ecuatoriano Óscar Molina V., en ocasión del lanzamiento de su primer libro Bouquet (Severo Editorial), presentado en Quito el 24 de noviembre de 2023.

Decir que la escritura de Óscar Molina V., periodista y escritor queer ecuatoriano, ha sido un descubrimiento total para mí no sé en qué me convierte. Quiero decir, estudié cuatro años de periodismo y llevo ejerciendo alrededor de dos y su nombre apenas se me reveló cuando Severo Editorial anunció, a finales de noviembre, el lanzamiento de Bouquet. La obra que reúne al menos diez años de escritura periodística y de no-ficción del autor.

Pienso: “¿seré mala periodista?”. Quiero creer que no y elijo achacar la culpa a aquellxs profesores que no incluyeron los textos de Molina en los sílabos que, ahora lo (re)confirmo, nos quedaron debiendo mucho.

Sea como fuere (no quiero dedicar mucho espacio a las frustraciones), lo que sí puedo asegurar es que su escritura me ha provocado ese manojo de sentimientos que solo lo que se conoce –y gusta– por primera vez provoca: maravilla, emoción, admiración. Y eso, por mucho, rebasa el remordimiento por lo que se descubre tardíamente.

Así, con esa irremplazable sensación de novedad, fue desplegándose ante mí una escritura sensible que, a través de crónicas, columnas, reseñas, perfiles y relatos personales, ilumina diversas experiencias de vida. De vidas. De muchas vidas.

Vidas LGBTIQ+, migrantes, sexodisidentes, cantoras, artistas, escritoras. En fin, de vidas que están “atravesadas por un camino de resistencias”, me dice Óscar. La suya misma está contenida entre las páginas de Bouquet, un libro que, como declara su contraportada “opera como un archivo de nuestra contemporánea historia marica”. Bouquet es además un obsequio; su título, para empezar, ya es un guiño a ese rasgo de lo que el libro-objeto representa conceptualmente: un ramillete para la memoria.

Diseñadas por Pam Silva, la portada del libro y de los capítulos que lo dividen son la preciosa expresión visual de este ramillete literario, y que no podía ser de otra forma tratándose de una editorial como Severo, que cuida con muchísima finura cada una de sus publicaciones.

Y hablando de Severo, me parece importante destacar lo intrépido de esta editorial que, como ningún otro medio, aún cuando el periodismo y sus instituciones tambalean, reivindica con pisada firme el oficio. Un oficio que, ejercido con sensibilidad y responsabilidad como lo hace Óscar Molina V., permanece un infalible inhibidor del odio y sus discursos.

Qué regalo fue recibir Bouquet de las manos de su autor, a quien confesé aquella recién brotada admiración por su escritura, y a quien agradezco por haber respondido amplia y afectuosamente cada una de mis preguntas.

Sobre periodismo y responsabilidad, sobre el riesgo de ser encasillados y la vulnerabilidad, sobre escrituras que difuminan las fronteras de la ficción y no-ficción; sobre eso y poco más conversamos con Óscar una mañana de principios de diciembre.

A continuación te invitamos a que te sumerjas en esta lectura y a que después corras a conseguir el libro a través de www.severoeditorial.com

Óscar Molina V. Foto: Ana María Buitrón vía Facebook Severo Editorial

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Katicnina Yuyaric: Decías en otra entrevista que el periodismo para ti ha sido una excusa para conocer gente que admiras. ¿Cuándo sabes que estás frente a una historia que quieres contar?

Óscar Molina: Es una pregunta muy sencilla, pero a la vez muy complicada. Uno como periodista tiene que confiar mucho en su instinto, y me parece que es un trabajo coordinado con los editores. Un buen editor te puede ayudar a perfilar mejor tu idea. Creo que, en realidad, uno se puede dar cuenta con mucha certeza que tiene una buena historia con mucha reportería. 

Quisiera hablar del caso particular de la historia de Amada, por ejemplo, la primera niña trans que consiguió el cambio temporal en su documento de identidad. No tenía idea de esta historia hasta que le escuché a su padre hablar en un conversatorio.

Empezó a contar que Amada fue elegida estrellita de Navidad, madrina de deportes. Eso en una circunstancia de una niña cisgénero no habría sido tan particular, ¿no?, pero estamos hablando de una niña transgénero de siete años –en ese entonces– en un país como el nuestro que, de repente, recibe todo el apoyo de la escuela y no solo es aceptada, sino que pasa a ocupar estos roles que pueden parecer ingenuos, pero que en una escuela significan mucho porque es un lugar de visibilidad importante.

Entonces empiezo a escuchar que esto viene de una lucha. Esos fueron logros posteriores al hecho de que fue un vía crucis encontrar una escuela. Ahí hay un montón de cosas que contar, hay un montón de escenas que pueden interpelar a la gente. Como a mí me interesa el periodismo narrativo, me dejo guiar cuando siento que esto puede ser una buena escena, esto puede ser un buen nudo para contar tal o cual cosa.

En el periodismo cultural, de manera específica, me ha interesado hacer perfiles de artistas y creo que generalmente las historias de los artistas están atravesadas por un camino de resistencias. Como yo estoy intentando hacer algo creativo, me interesa escuchar a alguien que hace algo creativo para inspirarme o encontrar formas de trabajo.

Katicnina: Y creo que la curiosidad es lo que siempre nos moviliza como periodistas…

Óscar: Sí, por supuesto. La curiosidad es clave para el ejercicio periodístico y creo que no hay que hacer una jerarquización de las curiosidades, porque me parece que siempre se ha dado mucha preponderancia a una curiosidad del periodismo político, por ejemplo.

Como mencionaba antes, [en el libro] hay muchos temas de periodismo cultural y quisiera pensar que es una suerte de reivindicación del periodismo cultural y de cómo ese es un periodismo transversal. En ese sentido, me apoyo mucho de la lectura de Cristina Burneo en el prólogo que me hizo dar cuenta de cosas que al escribir las historias no era consciente.

Por ejemplo, hay historias de Mariela Condo, de María Tejada, que son cantoras nacionales y yo decía: Bueno, estoy contando historias de mujeres cantoras cuyo vínculo es el tema del canto popular y el rescate de nuestra música. Y Cristina me dice: Son historias de mujeres migrantes también. No me había dado cuenta de eso. Me parece lindo que pueda haber interseccionalidades y estas posibilidades de que una historia no sea una sola cosa, sino que le permita a alguien tener unas lecturas más amplias y ojalá eso se consiga.

Confío mucho en la vulnerabilidad.

Katicnina: Hay historias de muchos personajes, pero escribes mucho desde la experiencia encarnada y eso siempre es un ejercicio de absoluta vulnerabilidad. ¿Algún texto te ha llevado a la extenuación emocional?, y si ha sido así, ¿qué precauciones hay que tomar?

Óscar: Para empezar, en el libro incluyo un epígrafe sobre la vulnerabilidad. Confío mucho en la vulnerabilidad. No me da miedo ser vulnerable. Siento que es una oportunidad de conexión con las personas. Ahora, también desconfío como de una falsa vulnerabilidad. Para mí lo vulnerable no significa hacer un live llorando y diciendo, no sé, el mundo es una tontera. O  sea, sí, es real, pero conecto más con una vulnerabilidad que implica un reconocimiento de que la experiencia humana nos es común a todos.

Lo que me preocupa un poco es que no quisiera que mi trabajo se reduzca a un solo tema. Da la casualidad de que he escrito mucho sobre la comunidad LGBTIQ+ en los últimos años, pero no es el único periodismo que he hecho. Me preocupa que se me pueda encasillar como el periodista que escribe solo sobre temas LGBTIQ+. Lo puedo hacer porque me interesa, porque soy parte de esa comunidad, porque siento cercanía con esas historias, pero no he escrito solo sobre eso.

He escrito mucho sobre periodismo cultural. He hecho periodismo sobre turismo, periodismo económico, o sea, he topado distintos temas. Casualmente las historias LGBTIQ+ me han permitido no caer solamente en el hecho de lo panfletario, sino intentar ampliar la visión sobre esas mismas historias y que ojalá tengan matices.

Hablar de mí en primera persona no me vulnera porque siento una seguridad en lo que estoy diciendo y porque trato de controlar el discurso de manera que no sea una cosa como sufriente ni del desahogo por el desahogo, sino que ojalá esa experiencia pueda conectar con más personas.

Hay unos textos sobre el tema del amor. Creo que todos somos vulnerables cuando estamos enamorados y son textos que vienen después de un tiempo de madurar esas ideas. Intento trabajar las cosas, hacer una versión, dejar descansar y luego volver a leer. Por eso digo que también los trabajos con los editores son importantes. Una visión externa te pueda decir: aquí te estás pasando un poco. Ese es un filtro que a medida que empiezas a hacer mucho el oficio, te das cuenta tú mismo. Ya sabes cómo autoeditarte.

Sin embargo, creo que es muy necesario un trabajo con un editor por muy experimentado que seas, como por muy principiante que seas. Siempre es importante someter los textos a gente de confianza, porque siempre se puede mejorar. Un texto siempre se puede mejorar y hay que atreverse a hacer eso porque al final es para bien del texto, más que para ti mismo.

Nadie quiere ocupar un lugar de valentía todo el tiempo.

Katicnina: ¿Sientes con tu escritura un sentido (valga la redundancia) de responsabilidad? Te lo pregunto porque escuché en un podcast a la escritora y dramaturga estadounidense de ascendencia puertorriqueña, Quiara Alegría Hudes, decir que la escritura le dio un sentido de responsabilidad para con sus antecesores, quienes tuvieron que luchar por muchos beneficios para la comunidad latina en Estados Unidos.

Beneficios de los que ella ahora goza en términos de derechos civiles, acceso a servicios públicos, etc. De alguna forma la escritura se convirtió para ella en una manera de agradecer y rendir homenaje a esa lucha. Y en tus textos también rindes homenaje a figuras como Purita Pelayo, Pedro Lemebel, Marsha P. Johnson…

Óscar: Creo que la escritura puede ser un lindo homenaje, definitivamente. Y un homenaje desde la memoria. Me preguntas sobre la responsabilidad, creo que hay que ser responsables con la escritura, porque la escritura moviliza, la escritura trabaja con las emociones del otro. No toda. Pero una escritura que pretende profundizar sobre las emociones, la condición humana, está trabajando con ese material delicado que son las emociones.

En ese sentido hay que ser muy responsables con el lenguaje, con las formas con que estás diciendo. Literalmente leerte y decir: ¿qué estoy diciendo con esto? Cada palabra puede marcar una cierta idea de algún tema, por lo tanto, es importante hacer que las historias estén bien matizadas. Trato de ser responsable con mis fuentes también.

Quisiera que las historias LGBTIQ no pasen por una posición de victimización –que sí hemos sido víctimas de muchas violencias–, pero también la resistencia es lo contrario a la victimización. Una persona que está resistiendo es una persona que está sacando lo mejor de sí misma para afrontar todas estas cosas.

Creo que deberíamos también tener esa responsabilidad de darnos cuenta que en esas historias de resistencia hay más valentía que victimización. Ahora lo que yo sí quisiera es que ya no sean historias de valentía, porque no es justo que tengamos que contar solo historias de valentía, porque entonces eso significa que nada ha cambiado y nadie quiere ocupar un lugar de valentía todo el tiempo.

Deberíamos ocupar un lugar que ocupa cualquier persona. Que las historias se cuenten por la belleza de la historia, por el logro en sí mismo, digamos, más que por el drama detrás, ¿no? Aunque toda buena historia siempre tiene un poco de drama.

Como cualquier trabajo, estamos trabajando con emociones, con lenguaje y hay que tener esa precaución y cuidado. Pero nosotros un poco más, porque eso influye en la opinión pública. Porque eso influye en alguien que lee y que puede hacerse una idea de esa comunidad y estamos, de alguna forma, llevando una primera impresión hacia esa persona que quizá se acerca por primera vez a temas como estos.

Katicnina: ¿Cómo abordas la no-ficción? Justo hace poco un cineasta ecuatoriano me decía que él aborda la ficción y la no-ficción de la misma forma porque en ambas debe haber un trabajo extenso de investigación y documentación.

Y por otro lado, en la no-ficción también hay una intervención creativa; no siempre es un fiel retrato de la memoria, porque además la memoria no es una cosa estática…

Óscar: Lo que mencionas es muy importante. Creo que a veces se piensa que la ficción parte de una inspiración, que es como “me senté debajo del árbol y se me ocurrió”. Pero la ficción está nutrida de las lecturas, de ir a ver una pintura, qué se yo. Todo eso es material que construye.

Ahora que estoy trabajando en ficción precisamente me doy cuenta que sirve mucho lo que haces en la no-ficción, que es documentarte. Creo que el approach debe ser igual. La misma responsabilidad, la misma documentación. 

No me interesan mucho a mí esas fronteras entre qué es 100% no-ficción, qué es 100% ficción, porque como tú bien dices, en la no-ficción estamos usando elementos de la ficción, en las formas, en las metáforas, etc. Creo que si algo es útil, y ahí me apoyo en lo que dice Cristina Rivera: si funciona en la forma, funciona en el fondo.

Ahora, si estamos hablando de datos, de nombres, de hechos, por supuesto que hay que ser 100% rigurosos, pero, como tú bien dices, todo trabajo tiene una intervención, un punto de vista. Un testimonio, por mucho que quieras, siempre hay una intervención de cómo tú eliges ordenar. Porque una cosa es el discurso oral, que es más desordenado y otra cosa es el discurso escrito que requiere un cierto orden. 

Yo creo que es la misma responsabilidad y el mismo compromiso con el lenguaje, que es lo que a mí me interesa. Tratar de ser lo más cercano posible a lo que vi, a lo que la historia quiere contar, pero también permitirme darle una forma que resulte atractivo y no tan usual para contar esa historia. Sobre todo si es que tiene elementos como los que te he mencionado en el caso de Amada.

O sea, cómo no voy a contar que fue elegida estrellita de Navidad y que cuando desfiló como madrina, sus padres la estaban grabando. Eso es como una cosa tan universal, pero ese momento es tan particular. Digo, todos conectamos desde ahí, todos hemos sido niños desfilando por del Día de los Deportes y nuestros padres avergonzándonos ahí, tomándonos fotos, videos, etcétera. Entonces ahí uno conecta, dices: qué chistoso, no me pasa solo a mí, le pasa a todo el mundo.

Yo confío mucho en una primera oración.

Katicnina: ¿Tienes algún mood favorito para escribir? ¿Algún ritual?

Óscar: Soy súper filático en el tema del silencio. No puedo trabajar en cafeterías…que es gracioso porque trabajé en redacciones. Debería estar acostumbrado a ese ruido y lo hice cuando era más joven.

Empecé mi carrera en El Comercio, entonces era una redacción hermosa, enorme. Y con tu compañero al lado, casi tipo cafenet, ahí escribiendo. Pero ahora sí necesito como una cosa más personal, estar encerrado. Bueno, no encerrado así como en cuatro paredes, pero digo, en una habitación sin ruido.

No escribo con música. Sé que hay muchas personas que lo hacen, a mí no me resulta. Necesito estar en silencio con un tecito y yo confío mucho en una primera oración. La escucho en mi cabeza y digo: Así quiero empezar. Luego, trato de hacer una primera versión siempre que se pueda, porque no es que todos los editores te dicen: por supuesto, cinco meses para una columna. No. Pero sí la posibilidad de dejarla descansar un poco, volver a leerlo.

Ahora acostumbro un poquito más leer los textos en voz alta. Realmente sí sirve. A mí antes me parecía un poco artificioso eso, decía: ¿para qué te lees tú mismo en voz alta? Pero ahora digo es útil porque escuchas tus propias cacofonías, si es que estás repitiendo cosas demasiado. También, es extraño, siento que me resulta escribir a veces más en la tarde, un poco más hacia la noche, que hay menos ruido.

A veces muchas de las personas que escribimos creo que nos damos duro pensando que sólo estás escribiendo cuando estás frente al computador. Pero claro que hay un proceso muy previo, cuando ya vas masticando tu historia, mientras te bañas, mientras lavas los platos, estás escribiendo, estás empezando a procesar la historia. Camino mucho, me gusta caminar, eso también me ayuda a destrabar ciertas cosas y a confiar en que hay un cierto método. Todos tenemos nuestro propio método y hay que confiar en eso, porque si ya te ha resultado de cierta forma es porque algo funciona.

Aquí hay un trabajo sostenido sobre una comunidad.

Katicnina: El libro recoge tu escritura de al menos diez años, ¿cómo fue para ti encontrarte con algunos textos? ¿Cómo describirías tu evolución?

Óscar: Es casi como ver una foto tuya de adolescente que dices: Dios mío, estaba súper deforme (risas). Ahora un poco menos, pero hay unas cosas que sí me daban ternura. Creo que sobre todo las columnas es una cosa que dudé un poco. De hecho esos son los textos más antiguos, entonces me siento un poco más ingenuo, me siento como más escondido también en mi enunciación. A veces digo “los LGBT”, en lugar de incluirme.

Pero también para mí ha sido súper honroso tener lecturas de Cristina Burneo, a quien respeto mucho, de Diego Falconí Trávez que ha escrito mucho sobre la comunidad, y él en el blurb dice: se nota que son textos que han brotado en distintos momentos.

Y digo: Es verdad y dan cuenta, justamente como tú dices, de un crecimiento. Más que de escritura, creo que de enunciación. Al principio no me sentía tan cómodo metiéndome yo en primera persona y de repente termino en un texto contando mi ruptura amorosa, más que en primera persona, ya desde el desgarre total.

Sí sentí la tentación de editarme y decir: “ay, quizá aquí debería quitar esto o poner otra cosa” y el trabajo en ese sentido con el editor de Severo, Fausto Rivera, fue súper lindo. Respetamos mucho lo que ya estaba ahí, no hubo esta tentación de: borremos, porque esto nada que ver.

Pienso mucho en una columna, por ejemplo, donde yo digo: Me gustaría que el tema de derechos sea como que salga el ministro a decir “bueno, desde el día de mañana todos somos iguales”. Eso es tan naive, pero al mismo tiempo sí lo pensé en ese momento así desde la frustración de decir: ¿por qué es tan difícil otorgar derechos a personas que son iguales a nosotros pero que solo tienen un gusto sexual amoroso distinto? ¿Por qué es tan complejo?

Entonces creo que es como honrar esos pasos de cada uno también, no tenerle vergüenza al camino que recorres. Honrar tu propio camino, reconocer que al principio eras uno y que, a medida que vas creciendo, vas siendo otro. No otro totalmente, pero tus ideas del mundo cambian.

Capaz sería lindo volver a leerme en unos diez años. No digo que me encante leerme (risas), pero revisar este libro y decir: Uy, capaz no hubiera publicado eso. Pero darle el sentido de que tenía una finalidad. Creo que por eso el hilo conductor es la comunidad LGBTIQ, porque tampoco me interesaba hacer un ejercicio egocéntrico de decir: reúno mis diez años porque soy la maravilla número uno.

Aquí hay un trabajo sostenido sobre una comunidad de manera específica y sobre unos ciertos temas, porque también hay una sección más de periodismo cultural que de todas maneras conecta con la diversidad. Ahí hay una emocionalidad parecida. Entonces, vale la pena hacer este ejercicio de memoria. Y ahí sí me apoyo de nuevo sobre la Cris. Me parece lindo que la Cris [Burneo] diga que es un ejercicio de memoria y que ojalá sea así.

No estoy escribiendo de la comunidad solamente por la comunidad, sino porque esas historias quizá pueden invisibilizarse después y porque estamos en momentos donde siempre nuestra vida está en discusión. Parecería que ya estamos en un momento de total apertura, pero acaba de pasar esto del ministro en la posición que fue con su pareja, tomados de la mano dos hombres, y la gente reacciona de maneras violentas. Ahí dices: hay que seguir contando estas historias.

Katicnina: Hablemos un poco del formato, ¿cómo llegan a que el libro se convierta en un ramillete conceptual?

Óscar: La idea del trabajo con las flores vino de un proyecto frustrado de fotos. Yo no soy fotógrafo, pero me interesa la fotografía y, de repente, dije: Qué chistoso, no he visto ‒seguramente por ignorancia propia‒ muchas fotografías de hombres con flores. O sea, hombres tomándose fotos llenos de flores.

Bueno, en editoriales de moda ves, pero yo pensaba más en una fotografía tipo retrato o documental de calle. Creo que hace dos años en Cuba hicieron un proyecto así que se difundió mucho en Twitter, de una fotógrafa que les pidió a hombres que se pongan flores en la oreja. Me pareció bellísimo.

Entonces dije: yo querría hacer lo mismo con mis amigos que se identifican como hombres o como varones, lo que sea, porque los hombres estamos lejos de las flores, nos han alejado un poco de ese elemento tan bonito.

Los hombres portamos las flores para regalar. Es raro que nos regalen flores y eso entra siempre en un lugar de sospecha. Mis amigos heteros deben tener una flor favorita, pero no les he preguntado y me dio curiosidad. Dije: quisiera hacer una serie de fotos donde les pregunte a mis amigos varones, heteros, gays, lo que sea, ¿qué flor les gusta y por qué les gusta, a qué les recuerda? Y tomarles una foto con las flores.

Nunca hice eso. No me robarán la idea (risas) o si lo van a hacer, avisen. Tampoco creo que es tan original, pero bueno. Cuando empezamos a hacer el tema de la compilación dije: hagamos que cada sección sea una flor. La idea del bouquet me sirve como una justificación para el libro como tal, porque como dijo Desiré Yépez, que presentó el libro, una colega que admiro mucho: es un ramillete de géneros periodísticos también. Hay entrevistas, hay columnas, hay crónicas. 

Sirve perfecto porque un bouquet tal cual tiene flores distintas; unas más elegantes que otras. Y además es muy coherente con la idea de la diversidad. Un bouquet tiene flores distintas. Aquí espero que esa propuesta funcione así como tal. Te estás acercando a distintas dimensiones, distintas historias, como un bouquet.

Katicnina: Radio COCOA es también un medio musical y quería aprovechar para preguntarte, ¿qué música escuchas? A nivel de bandas locales, y en general… 

Óscar: Me encanta esa pregunta, pero también me pone en compromiso…Bueno, yo me llevo con amigos músicos, así que nadie me va a caer (carcajada). Tengo un enamoramiento particular con la música nacional, me gusta mucho la Margarita Laso, me gusta mucho la María Tejada, la Mariela Condo. Este año que he estado en Miami he escuchado mucho el disco solista del Mauro Samaniego, me parece un músico brutal, excepcional.

Canciones de Pablo Navarrete, de Alima. Liniker he estado escuchando también ahora que he estado por fuera. Y luego ya me meto en el mainstream también: Karol G, Bad Bunny…no soy tan fan, pero es lindo también eso. Siempre estoy atento.

Fanático pero absoluto de Can Can. Para mí es una banda muy cercana a mi historia personal y siempre que sacan algo me emociono como desde esta nostalgia de ¡qué gran banda! Pulpo tres, que es una bandota. Siempre estoy cercano. Más bien si ustedes tienen recomendaciones, dénmelas, porque capaz estoy súper hablando así como viejito chocho de bandas antiguas. La Máquina Camaleón, obvio, es como una banda y así podría darte miles de nombres, pero mejor ya hasta aquí.

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