Taller La Bola: La audacia de creer en el Origen

El Taller La Bola es un grupo musical conformado por tres hermanos que han adoptado como forma de vida la exploración de instrumentos precolombinos y su fusión con ritmos contemporáneos. Así buscan honrar el legado de su padre.

Lucho Oquendo era un músico empedernido. Desde niño demostró tener una afinidad especial con los sonidos que lo convertía en el alma de la fiesta. “Era un guambra bien guapo que le encantaba bailar” dice su hijo mayor, Nicolás. Primero, formó parte de un coro de niños en su escuela, luego pasó a la banda de guerra en el Colegio Montúfar, luego a formar un grupo de rock con sus amigos para tocar covers de KISS.

Cuando salió del colegio y entró a la universidad, su camino con la música pareció tomar un desvío. Intentó estudiar ingeniería, y al descubrir que esa ruta no era la correcta para él, se convirtió en restaurador de arte antiguo, fascinado especialmente por las piezas precolombinas de metal. Fue un día en la reserva del Banco Central, donde trabajaba, que el curador, Vicente Sierra, se le acercó y le entregó una ocarina de la cultura Jama-Coaque. Ahí se le voló el mate.

Toda la música que traía cargada en su ADN hizo corto circuito con el descubrimiento de ese instrumento distinto a todos los que conocía, y se canalizó a través de él para dar vida al Taller La Bola. 

Taller La Bola, Champús Sonoro con Yapa, Taller la Bola Ecuador, Radio COCOA

El Origen

Desde que Lucho se topó con estos instrumentos, “diferentes y de otra textura”, se fue de cabeza y se dedicó durante 20 años a armarse una colección propia con ellos. Sus hijos, orgullosos cual historiadores, cuentan que su viejo hizo de todo por obtener piezas para explorar y aprender a hacer música con ellos. Todo desde trueques, excavaciones y compras. Todo, menos robar.

Poco a poco Lucho se fue dejando instruir por los instrumentos, entendiendo la vida propia que se cargaban, y la necesidad de pensar en ellos fuera de las escalas musicales conocidas. Entendió que cada uno responde a una sonoridad diferente. Cada uno se deja tocar según el respeto que uno muestre a su antigüedad. “Si se ponen incómodos, se caen, se rompen, y ahí se acaba todo”, acota Miguel, el hijo del medio. Dado que no vienen con un método, la única forma de entenderlos es tocándolos harto, dice Nicolás. Por eso son como maestros, para él y sus hermanos, así como lo fueron para “el Luchito”.

“Los Maestros”. Fotos de Martín González.

La primera presentación del “Taller La Bola” como tal, fue en el año 91. Quizás, fue uno de los primeros shows multimedia de nuestro país. Bajo el nombre de “La Piedra: Un Viaje Musical al Centro del Magma”, Lucho Oquendo juntó a un sinnúmero de amigos músicos, ilustradores, bailarines y poetas para celebrar la música que había descubierto al encontrarse con los instrumentos precolombinos.

Desde entonces, quedó consolidado el nombre porque en su cabeza estaba refundida la idea de que aprender cualquier cosa podía ser divertida. Por eso un taller era el lugar perfecto para probarlo jugando: “el taller es donde haces lo teórico, práctico”. La Bola, la otra mitad del nombre, surgió en la forma en que este “loco de los sonidos” exploraba a los instrumentos precolombinos y como se conjugaban “la bola” de elementos para darle vida a la música.

El “taller” quedó instaurado y se consolidó en la crianza de Lucho Oquendo a sus hijos: Nicolás, Miguel y Ada. “Nos fue criando poquito a poco y ya empezamos a tener un apego con los instrumentos pre-hispánicos”, cuenta Nicolás. Desde chiquitos formaron parte de las presentaciones, cargando instrumentos, bailando en el escenario, tocando al final de las presentaciones. “Más fácil hubiera sido contratar unos músicos más grandes y ya está”, dice entre risas. Pero su viejo se la jugó como un loco por transmitirles su oficio. “Trabajar con los hijos es algo que solo una persona muy valiente puede hacer”, sentencia Miguel.

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A medida que crecían, iban entendiendo que la vida con él estaba envuelta en la música hecha con esos instrumentos. “El taller siempre ha sido difícil” dice Miguel. Parte de la dificultad radicaba, por ejemplo, en entender de niños que no iban a recibir un Play-Station de cumpleaños. Por el contrario, su viejo les regaló la música y les enseñó a amarla y a entenderla como una forma de vida y de exploración espiritual.

Hubieron veces en que quisieron abrirse, y su padre sabiamente supo dejarlos para que solos aprendieran a regresar al origen, a su hogar con la música. “Se siente en el shungo” dice Miguel con una sonrisa. Dado que los educó en su música de forma “subliminal”, y sin imposiciones, ahora, se sienten empoderados por ella. Se les nota en el brillo que reflejan sus ojos al hablar de su papá, y en la forma en que se corrigen entre sí cuando cuentan su biografía.

Lucho Oquendo se fue en el 2014, pero dejó afianzada la música como su herencia más grande y con ella unió a sus hijos mucho más allá de la sangre que comparten. Hoy por hoy, los tres hermanos honran el legado de su viejo y mantienen con vida al Taller La Bola, intentando hacerlo surgir en un medio que aún parece no comprender su propuesta.

Audaz Urbano

Cuentan que, ya vinculados al Taller oficialmente, después de un concierto que dieron en el Colegio de Arquitectos, una amiga de su viejo se acercó a él y le dijo que lo que hacía realmente era una “audacia”, una cosa de locos. Él se apropió del calificativo, con todo derecho. Desde querer hacer música con cerámica de 2500 años de antigüedad, y enseñarles a sus hijos a tocarla con él, Lucho Oquendo se consideraba un tipo audaz.

Lo “Urbano”, vino por añadidura. La urbe es el lugar donde él y sus hijos se encontraban a sí mismos para dar vida a su juego. Si bien tocaban con instrumentos ancestrales, su cotidianidad estaba inundada por los sonidos de los vendedores ambulantes, de los buses, del tráfico y de la gente hablando en las veredas. Así se inventaron el “género audaz urbano” para etiquetar a su música.

Con él definen hasta ahora la incursión que han hecho con los instrumentos precolombinos en ritmos contemporáneos. Han hecho covers del tango de Ástor Piazzola, hasta colaboraciones con el hip-hop de Mugre Sur o la música del Fabrikante. “Con cualquier género quedan muy bien. Los manes son versátiles cien por ciento”, dice Nicolás con emoción, refiriéndose a ellos, a los instrumentos.

Sus canciones brotan de las vivencias que tienen en la ciudad. Cada uno propone una idea a sus hermanos según algo que se le haya ocurrido. Entre los tres lo retocan, lo afinan y finalmente llegan a parirlo. Sienten que cada tema es algo que brota de su interior cuando logran destaparse por completo, y con ello se han mantenido tocando consistentemente. Ahora se encuentran afinando los detalles de su cuarto disco, que esperan sea el más grande de su repertorio hasta ahora.

El camino de descubrimiento de los instrumentos pre-hispánicos parece ser infinito. Desde que su viejo se preguntó en un inicio acerca de la complejidad que estos escondían, hasta hoy, los tres hermanos siguen explorando nuevos timbres, tonos y registros para entenderlos mejor. Bifonales, unifonales y ocarinas, los instrumentos se clasifican según los orificios de insuflación que tienen (por donde sale la música). Cada uno ha encontrado su propia relación con ellos. No obstante, Miguel dice que tiene que haber un dominio general para que se puedan conjugar como banda; para que puedan insertar a los instrumentos en los ritmos contemporáneos respetando su propio sonido.

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“Segundo a Bordo”, “Instructor” y “La Chispa”.

Del mismo modo, cada uno ha ido entendiendo el título que le fue asignado en la banda. La jerarquía es clarísima. Tal como Adita, la menor, la explica, Nicolás (el mayor), es el “Segundo a Bordo”: se encarga de organizar presentaciones y de la gestión de relaciones públicas de la banda. Miguel (el del medio), es el “Instructor”: “él es el que nos enseña y nos habla o nos felicita”, dice Ada entre risas. Es algo así como el director musical de la banda. Cuando le toca hablar de su rol, Adita no puede presentarse sola. Le gana la risa nerviosa. Su hermano Miguel la ayuda y la introduce (como en todos los conciertos), como “La Chispa”: “es la persona que equilibra todo. Con su magia ha encaminado a que el Taller La Bola salga y nos ha calmado a nosotros”, añade Nicolás.

Por su parte, el Luchito, que los bautizó con esos nombres, se llevó consigo el título de “Maestro Mayor”. Tal como el albañil que más trabaja en la obra, él fue el obrero que dejó sentadas las bases del taller, “el más duro de todos”. Ahora sin él, han tenido que seguir rodando, y así es como han encontrado la forma de mantenerlo vivo con ellos, de ayudar que siga sonando desde donde esté.

“El Altar”

Seguir rodando, con Yapa

“Este no es un trabajo de ayer ni de hace dos años, son más de 15 años trabajando, y aún no explota. Yo en realidad, en el fondo de mi corazón, espero que se pueda apreciar antes. Que no tengamos que ir a Europa a dar una gira para volver y que a la gente le guste”, dice Miguel. Dicho de otro modo, trabajando como hormigas, esperan darle la contraria al dicho que dice que “nadie es profeta en su propia tierra”.  Esperan, antes que nada, que la gente de nuestro país comparta con ellos y se conecte con su “ADN sonoro” a través de la música que hacen.

Han salido a Otavalo, Ambato, Riobamba, Montañita, Esmeraldas, El Coca, Puyo, etc. A donde van, llevan consigo una carga gigante de energía. Saben que ese es su fuerte, es ahí donde conquistan a la gente, porque la hacen parte del show. Durante un concierto suyo, el público se convierte en una orquesta de aplausos, tiene pista libre para bailar como quiera, se ve inmerso sin darse cuenta en un viaje sonoro fuera de lo común.

Actualmente se encuentran preparando la tercera edición de su festival “Córtate la Cabeza”, una fiesta musical llena de invitados de todo tipo en la que celebran la fusión, la audacia de creer en lo precolombino como nuestro origen musical.

Un concierto del Taller La Bola siempre viene con “Yapa”, que en Quichua significa “la recompensa por haber participado en la cosecha”, como explica Adita con propiedad. En un concierto suyo, el público se ve recompensado por participar de la exploración y por perder la vergüenza a jugar con los sonidos pre-hispánicos igual que ellos. Y es que para hacer eso, “hay que desarrollar otra lógica”, como decía Lucho. Hay que entender a los instrumentos fuera de lo que conocemos ahora, intentar unirse con ellos saltando cualquier brecha cultural y generacional, para darse cuenta de que su sonido vibra en nosotros de alguna manera.

Los tres ríen nerviosamente al pensar en heredarle todo este bagaje musical profundo a unos hijos hipotéticos en el futuro. Aún no es el momento. En todo caso, “siempre hay hijos adoptados”, dice Miguel con picardía. Su padre siempre invitó a otras personas a aprender y formar parte del taller, y ahora ellos dejan en claro que saben cómo hacerlo también. Parte de toda su gestión también ha sido salir a colegios a lo largo y ancho del país para enseñar a las nuevas generaciones sobre su pasado musical.

“El Taller La Bola no somos solo nosotros” dicen. Todos están invitados a formar parte, a rodar con ellos, a hacerse amigos de los instrumentos y alimentarse de su energía. Tal como hacen al cerrar todos sus conciertos, ahora dejan en claro que “El Taller La Bola les da la bienvenida”.

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Martín González

Podría decir que mi vida se resume en la creación de imágenes, un juego con las palabras (en el que a veces ellas me ganan), la música de raíz negra, la búsqueda de paisajes memorables y la apreciación del arroz con menestra de fréjol y carne asada.

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