“Oye, las mujeres negras tenemos que escribir”

por Whitney Rodríguez
No hace falta llegar a tener educación formal para desarrollar capital intelectual, hacen falta más libros gestados por personas que se ven como yo: negras.

Hace un par de meses tuve una conversación cheverísima con la Yuliana Ortiz Ruano; para quienes no la conocen, Yuliana es poeta, escritora, docente y dj chocoana, palenquera y negra de la isla Limones, provincia de Esmeraldas. 

Hablamos de un montón de cosas: de Esmeraldas, Estados Unidos, el mal genio, ser virgo y su novela Fiebre de Carnaval (que ya fue publicada por la editorial La Navaja Suiza en España, y en Ecuador, Recodo Press acaba de sacarla hoy, 13 de octubre,—fin de la cuña publicitaria—). 

La Yuli me dijo algo que me retumbó en la cabeza: —Oye, las mujeres negras tenemos que escribir. Hay que leer a la juventud negra (léase con acento esmeraldeño, tenga la molestia). 

Me retumbó la cabeza porque ella ha sido la primera mujer negra ecuatoriana, casi de mi edad, que yo sé que escribe y a quien apenas estoy leyendo. Durante toda mi vida, en mi experiencia particular, nunca leí literatura de ninguna persona negra. Hablo de ficción. Porque no fue sino hasta cuando llegué a la universidad que leí a mujeres negras hablando fuerte sobre racismo en la academia. Patricia Hill Collins fue la primera académica a la que leí; pero cuentos, novelas o poemas, nunca tuve.

Algo que creo importante mencionar es que yo no soy una comelibros, quisiera sí, pero tengo el amor por la lectura un poco apaleado por la cantidad de artículos y libros académicos que me he mandado durante más de 6 años. Digo apaleado porque me siento agotada. 

Durante mi niñez tuve algunas personas alrededor que me inculcaron el hábito de la lectura y sé que aún lo tengo, pero como he dicho, estoy cansada, y muchas veces prefiero hacer nada a leer algo diferente. Algo diferente que me distraiga de la vida en general.

Recuerdo que cuando era niña, a mis 10 u 11 años, yo ya había leído más libros que la mitad de mis compañeras de clase. ¡Me encantaba leer! A veces alcanzaba a leer dos libros en un mes. Iba leyendo en el bus y mientras caminaba de regreso a mi casa. Leía el libro que me obsequiaran ya sea por mi cumpleaños, por el día del niño o en navidad. Cuando dejaron de obsequiarme libros empecé a leer los que mi mami tenía en la casa, y cuando terminé con esos pedí prestados algunos. En ese punto me cambié de universidad y empezó la explotación a Whitney con la teoría académica y creo que se me fundieron los fusibles.

Hoy estoy inmersa en los estudios de género y estudios culturales, por lo que básicamente lo que leo es pura antropología y sociología con el tema del racismo como eje de mi caminar. Por eso siento que estoy cansada, porque tengo que leer análisis sumamente pesados sobre cuerpas racializadas, y al mismo tiempo vivir como una. En este momento de mi vida la teoría no significa un escape de la realidad para mí. 


Nuestra producción cultural en Ecuador ha sido bastante oral y por mucho tiempo hemos creído que es algo que así debe ser, solo porque sí.


Lo que la Yuli me dijo, entonces, me retumbó la cabeza porque me di cuenta de que, no es que no haya personas negras escribiendo en Ecuador, debe haber algunas. Debe haber más de 15, por decir un número, pero son muy pocas las que están siendo publicadas y que tienen acceso a recursos que les permita registrar su palabra en el país. Quiero decir, tal vez haya personas afroecuatorianas con un potencial inmenso para escribir, pero a lo mejor ni siquiera saben que pueden escribir. 

Porque algo que también me preocupa es que, en el caso del pueblo afroecuatoriano como tal, la escritura no ha sido una forma en la que hemos reproducido nuestra cultura y nuestra existencia. Los espacios a través de los cuales hemos podido registrarnos han sido a través de los ojos, los oídos y la boca. Nuestra producción cultural en Ecuador ha sido bastante oral y por mucho tiempo hemos creído que es algo que así debe ser, solo porque sí. 

Quisiera ofrecer una invitación urgente a las editoriales de abrir espacios para que la producción literaria del pueblo afroecuatoriano pueda ser registrada a través de las publicaciones. Porque lo oral únicamente existe con la capacidad de recordar, y esa memoria no es eterna. 

Al escribir esta columna tenía la intención de enmarcar este texto un poco fuera del sistema racista en Ecuador —ya saben para descansar 5 minutos—, pero mientras seguía escribiendo me di cuenta de que es imposible. 

Porque en un inicio quería escribir sobre lo lindo que sería que yo tuviera muchos más recursos literarios producidos por personas negras ecuatorianas para reencontrar mi amor por la lectura; sobre qué lindo sería leer ficción escrita por personas negras ecuatorianas, pero después recordé que el espacio del arte es supremamente elitista y racista.


Durante un tiempo trabajé en una editorial y sé cuánta conciencia hace falta para evitar que se siga sustrayendo los conocimientos de nuestras comunidades y pueblos sin siquiera darnos crédito. 


Después recordé que, incluso cuando ciertas editoriales independientes en Ecuador están haciendo esfuerzos  para visibilizar estas voces, otras tienen cerrada la entrada para que las escritoras negras puedan publicar. O por lo menos para traer recursos literarios producidos por la negritud del Pacífico Colombiano, o por las negritudes andinas de Bolivia o Argentina. 

En casos específicos estas entradas siguen cerradas, no porque estas editoriales no las quieran abrir, sino porque las personas allí no comprenden cómo debería ser el trabajo de una editorial con un enfoque de raza, clase y género en Ecuador. Lo sé porque durante un tiempo trabajé en una editorial y sé cuánta conciencia hace falta para evitar que se siga sustrayendo los conocimientos de nuestras comunidades y pueblos sin siquiera darnos crédito. 

Después recordé, y como me mencionó Yuliana, que ser escritora no siempre es una opción funcional para las personas negras, quienes nos movemos alrededor de la precariedad laboral tratando a toda costa de huir de la misma. 

Después recordé que para publicar un libro necesitas plata, palancas, estatus social, capital intelectual y todas esas cositas que una, a veces, no tiene solo porque sí. Después recordé que las escritoras negras ecuatorianas que yo conozco son excepciones a ciertas cosas que nombré anteriormente en los contextos de capitalismo racial, y no debería ser así. 

Yo estoy segura de que hay más personas que, como yo, deseamos vernos entre personas negras en espacios como los de la literatura donde podamos leer poemas, novelas, cuentos, y sí, también teoría, porque nuestra existencia tiene que ser cotidiana. 

Cotidiana, natural y normal al punto de que hayan más libros que cuenten la historia que mi tío abuelo le contó a mi mamá cuando ella era una niña y ella me la contó a mí:

Cuando mi tío abuelo era un niño le advirtieron sobre un grupo de mujeres del cantón Chalguayacu que en la noche se convertían en chivos, por lo que cada familia advertía a sus hijos estar dentro de sus casas antes de que oscureciera. Mi tío abuelo no hizo caso a estas advertencias y una noche, él con un grupo de muchachos subieron desde Juncal hasta Chalguayacu para comprobar si eran ciertas esas advertencias. Cuando mi tío abuelo vio a un chivo lo golpeó con una piedra y él y todos sus amigos salieron corriendo. A la mañana siguiente, decidieron regresar y vieron que una de las señoras que vivía cerca del puente hacia ese cantón estaba herida, entonces supieron que todo era cierto. 


Las leyendas y la oralidad afro también merecen ser escritas, pasar por un proceso editorial, ser publicadas y promovidas.


Esta historia es parte de la memoria de mi familia, pero también es parte de la memoria de algunas familias en el Valle del Chota y yo creo que podría ser escrita y publicada. Si es un saber casi universal en la sierra ecuatoriana el mito sobre “La Mariangula”, del cual se han publicado fábulas, novelas y se han hecho cortos, las leyendas y la oralidad afro también deberían ser parte de la memoria ecuatoriana.

Las leyendas y la oralidad afro también merecen ser escritas, pasar por un proceso editorial, ser publicadas y promovidas. De esta forma, personas como yo podríamos encontrar un equilibrio en el apaleamiento de la teoría académica en la que estoy sumida ahora. Así puedo saber que la comunidad negra es vista en futuros que abracen contextos sociales cotidianos para nuestra negritud. Futuros en los que los únicos espacios donde lea a escritoras afro no sea la teoría antirracista, ¡porque es jodido! 

Futuros en los que dejemos de esperar ver a personas negras exclusivamente en ciertos espacios; en los que, por ejemplo, se me haga costumbre saber que Yuliana escribe ficción como Octavia Butler y que su intención no es precisamente la de criticar al racismo. Futuros en los que no hagamos polémica porque la nueva actriz que interpreta a la Sirenita es negra, porque esperamos que Halle Bailey actúe en una película sobre cómo una mujer negra drogadicta trata de luchar en una sociedad racista, ¡porque esa vaina una ya la vive a diario!

No me malentiendan, parte de que hoy en día mayormente lea teoría se debe a mis actividades actuales, pero incluso en el espacio de la academia hay muchas puertas que siguen cerradas con candado para personas como yo, al menos en Ecuador. El tema, a fin de cuentas, es que todo está tan imbricado en el sistema racial que una no puede desarrollar un mínimo de capital intelectual sin leer, y para poder leer se necesitan libros, y para tener libros se necesita acceso que es lo primero que hace falta en este país republicano.


No hace falta llegar a tener educación formal para desarrollar capital intelectual, hacen falta más libros gestados por personas que se ven como yo.


La conversación que tuve que con la Yuli me retumbó en la cabeza porque me di cuenta que durante mucho tiempo me he acostumbrado a leer sobre negritud en espacios literarios que giran en torno a la antropología, la sociología o al folklore que tanto le encanta al Ecuador. Espacios que se han destinado exclusivamente para que la negritud pueda existir. 

El hecho de que hoy pueda escribir sobre la urgencia de que más personas negras ecuatorianas sean leídas se debe al capital intelectual que tengo, gracias a los esfuerzos sobrehumanos que mi mami ha hecho para que pudiera llegar a tener educación formal. 

Pero no hace falta llegar a tener educación formal para desarrollar capital intelectual, hacen falta más libros gestados por personas que se ven como yo, cuya promoción llegue mucho más a aquellos sitios donde hay niñas negras que no saben que la escritura es una profesión a la que se pueden dedicar y que hay millones de personas que las van a leer. Que la escritura es algo que puedes elegir para ser feliz, que es puro gozo, que es importante, valiosa y necesaria. Mucho más que aprender inglés, saber usar excel o memorizar el trinomio cuadrado perfecto.

Que la escritura es uno de los futuros más bonitos que le podemos dejar a nuestra negritud para que se tomen un descanso, para que se escapen del dolor, para que se distraigan, para que se relajen… y que mientras nos vemos, nos leemos, nos escribimos, también nos abrazamos, nos cuidamos y nos entendemos. Que la escritura contiene un millón de universos donde nos podemos redibujar y reconocer como seres humanos cotidianos; y esto es algo que escritoras como Yuliana ya están haciendo y por eso debe ser leída. 

Como ella, hay muchísimas más que deben ser publicadas. ¿O es que este país amazónico no está listo para nuestro calibre?

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