La pertenencia a un pueblo originario, más allá de genealogías fantasiosas, me posibilita ver, recordar e imaginar por fuera de los muros de la historia oficial.
Como pocas veces en el Ecuador el orgullo nacional afloró abrumadoramente previo y durante las semanas en las que la Copa Mundial se disputó y embelesó a una buena porción del mundo.
De pronto los colores de la bandera inundaron el paisaje visual y en medios y redes circularon relatos sobre la ecuatorianidad que anhelamos y romantizamos, la que nos duele y la que, de chiste en chiste, nigueneamos. Fue divertido, conmovedor y, a ratos, un poco insoportable.
No voy a negar que la algarabía de mis amigos y otras gentes me contagió y, porque siempre es lindo sentirse parte de algo, terminé comprando una camiseta con los colores de la bandera. Es probable que de ahora en adelante la use como pijama.
Pero quiero que se sepa que, si de llevar una bandera en alto se trata como muestra de identidad y pertenencia, elijo primero cargar la wiphala. Porque antes que ecuatoriana, soy una Kichwa de los Andes y mi nombre es Kichwa y mis papás son Kichwa y mis abuelos son Kichwa y mis bisabuelos y tatarabuelos también lo fueron y hasta ahí llega lo que sé de mis antepasados, que es lo que mis abuelas todavía vivas alcanzan a recordar.
No he sentido mayor deseo de rastrear mi árbol genealógico al punto de buscar registros y obsesionarme a lo Cristina Rivera Garza, a quien, por cierto, admiro profundamente. Me resisto principalmente por el miedo a la decepción de no encontrarlos y también porque luego no sé qué haría con esa información.
Quizá algún día me empeñe en esa aventura por pura curiosidad. El hecho es que reconozco vínculos con este territorio andino —hoy adjudicados al Estado ecuatoriano— mucho más antiguos que los símbolos patrios como la bandera, adoptada oficialmente en 1860.
Esto mismo es cierto para una gran mayoría de quienes ahora llevamos en nuestra cédula la nacionalidad ecuatoriana; sin embargo, hay quienes se niegan a reconocerlo. Está claro que sus héroes y los míos no son los mismos.
La ancestralidad es un tema amplio y complejo que a menudo se reduce a ideas simplistas. Por un lado, están los que buscan en ella un pasado de grandeza o pureza, y por otro, los que prefieren ignorar la existencia de las vidas previas a las que están enlazadas. Entre esos dos extremos, reside la certeza más grande: no hay un solo origen.
A dónde quiero llegar con esto es a que la pertenencia a un pueblo originario, más allá de genealogías fantasiosas, me posibilita ver, recordar e imaginar por fuera de los muros de la historia oficial que los próceres de la joven patria ecuatoriana construyeron. Una historia que precisamente no nos dio un lugar reconocible a los indígenas.
En la película sobre la revolución de Tupac Amaru II, hay varios diálogos que reflejan el pensamiento de la élite de aquella época, finales del siglo XVII:
—Los indios creen en Dios y en el Rey de España. América no puede contar con ellos para su liberación, dice con desdén el Marquesado de Montemira, gobernador político y militar de la Lima de entonces en la escena de una reunión que sostiene con Tupac Amaru y otras dos personas. A esto, un cura añade:
—Es verdad, la liberación será obra de criollos ilustrados o no será. Los indios son ociosos y torpes y han perdido toda capacidad de respuesta.
Tupac Amaru II, descendiente del último Inca del Tawantinsuyo, murió descuartizado el 18 de mayo de 1781, habiendo avivado lo que para los pueblos andinos supuso la primera revolución independentista.
28 años después, tuvo lugar en Quito el Primer Grito de la Independencia, en efecto, liderado por criollos ilustrados que destituyeron al presidente de la Real Audiencia, Manuel Urriés Conde Ruiz de Castilla, y crearon una Junta Soberana de Gobierno para tener autonomía.
Si bien los pueblos indígenas participaron en las varias batallas que se libraron en un periodo de tres décadas desde aquel hito, para cuando finalmente el Ecuador se estableció como República, las estructuras que permitían su subordinación se mantuvieron intactas.
A principios de año, participé por primera vez en la toma de posesión del actual presidente de la Federación de los Pueblos Kichwa de la Sierra Norte – CHIJALLTA FICI, celebrada en Otavalo, Imbabura.
Allí nos convocamos kichwas Kayambi, Karanki, Otavalo y Natabuela para reconocer a las nuevas autoridades. Pero más allá del reconocimiento de las autoridades como individuos, lo que se celebraba allí era la vigencia política y el sentido de pertenencia a una organización creada por los abuelos para alcanzar y defender nuestra autonomía como indígenas.
La wiphala flameaba por todo lo alto y con ella nuestra propia historia. Porque en la memoria de los pueblos, los gritos por la independencia sucedieron mucho antes y mucho después del 10 de agosto de 1809.