Crisis de la imaginación: entre reconocer la catástrofe y habitarla como única verdad posible

por Radio COCOA
Si la imaginación nos ha llevado a crear cosas maravillosas, hay indicativos de que esa facultad humana está cada vez más en desuso. Algunos estudiosos del tema advierten que vivimos una crisis de la imaginación con costos altísimos para la humanidad y el planeta.

El colapso mundial, global o “civilizatorio” se ha vuelto un tema cada vez más popular en la conversación cotidiana de la gente y de los medios masivos. Confrontación geopolítica, incremento de la desigualdad, desarrollo tecnológico descontrolado, eventos meteorológicos extremos, colapso de ecosistemas… El fin del mundo se muestra inminente.

Pero, pese a que la violencia, el sufrimiento y la devastación de los ecosistemas sólo parecen incrementarse, el fin del mundo —en el sentido bíblico del apocalipsis que tendemos a visualizar— está lejos de suceder. Más que ofrecer esperanza, esa realidad necesita ser encarada.

Buena parte de la razón por la que cada vez estamos más convencidos de que el mundo no tiene salvación se debe a cómo se están moviendo los hilos para manipular la información que construye nuestra percepción de la realidad. Eso y que también estamos siendo un poco giles en aceptarlo con tal resignación.

Por cierto, espero que esto no se lea como una negación de la gravedad de lo que acontece en el mundo. El cambio climático, la desigualdad galopante, la erosión democrática son reales y sus consecuencias, nefastas. Sin embargo, hay una diferencia entre reconocer la catástrofe y habitarla como única verdad posible.

Por ello propongo que, por unos instantes, hagamos una distinción entre la realidad material y la percepción de la realidad. La realidad material es el mundo físico independiente de quien lo observa, donde sí que están pasando cosas terribles, pero donde también existe belleza; mientras que la percepción de la realidad es la interpretación subjetiva de ese mundo.

Dicha interpretación es informada por aquello que percibimos —consciente e inconscientemente— en nuestro entorno a través de los sentidos. Ahora bien, si no caben dudas de que eso que percibimos es producto de una manipulación con diversos fines a través, por ejemplo, del bombardeo constante de imágenes en nuestros dispositivos, ¿no les parece que es momento de detenernos a considerar qué es lo que no estamos mirando?

Si bien esa pregunta parece estar direccionada a los órganos visuales, quisiera abogar en este punto por una comprensión de la mirada más allá de los ojos. Al cerrarlos, ¿qué nos queda? La imaginación, para empezar, y creo que ese es un elemento clave que no hemos estado considerando lo suficiente en las discusiones sobre el futuro, y sobre el presente mismo.

Algunos estudiosos del tema dicen que vivimos una crisis de la imaginación. Una crisis con costos materiales altísimos para la humanidad y el planeta. En otras palabras, parece que esa visión catastrófica del mundo es más bien síntoma de una imaginación secuestrada. ¿Estamos a tiempo de recuperar nuestra imaginación y con ella la belleza del mundo?

Del latín imaginatio

Para responder la interrogante anterior, quizás valga la pena preguntarnos primero: ¿qué entendemos por imaginación? La imaginación es una de esas palabras que experimentamos todo el tiempo pero que no siempre podemos definir. “El término latino imaginatio del que procede el castellano «imaginación» es la traducción del término griego phantasia”, señala el teórico y crítico literario José María Pozuelo.

Desde la época de Platón, en la antigua Grecia, “la phantasia fue concebida como una actividad de la mente por medio de la cual se producen imágenes (las llamadas phantasmata o ‘fantasmas’)”, añade Pozuelo. Sí, fantasmas, en el sentido de apariciones. Imaginación y fantasía funcionaban no como conceptos separados y esto es interesante porque nos habla de una concepción casi mística de esa facultad de la mente humana profundamente conectada con los sentidos.

Ahora bien, la imaginación no es una facultad exclusivamente humana, pero sí ha sido un gran propulsor de la humanidad en el sentido de que siendo seres vulnerables hemos procurado nuestra existencia mediante el acto de materializar lo que imaginamos, para bien o para mal —últimamente más para mal— .

Pero si la imaginación también nos ha llevado a crear cosas maravillosas, hay indicativos de que esa facultad humana está cada vez más en desuso. Solo hay que observar nuestro alrededor para notar la creciente homogeneización o estandarización de gustos, estéticas y estilos de vida alrededor del mundo.

O sencillamente fijarnos en los resultados que el Latinobarómetro publicó en 2024 para la pregunta: Pensando en las cualidades que se pueden alentar en los niños en el hogar, ¿cuáles considera usted que es especialmente importante de enseñar a un niño?

El 78% de los ciudadanos de la región respondió que los “buenos modales”, el 59% respondió que la “tolerancia y el respeto a los demás”, lo cual está muy bien. Pero, ¿adivinan cuál es el porcentaje de personas que considera que la imaginación debe fomentarse en un niño? El 14%. Incluso la obediencia (29%) superó a la imaginación. O sea que nos enseñan primero a obedecer antes que a imaginar. Preocupante, aún más si consideramos que esa obediencia no acaba en la infancia.

El tema es que en el mundo globalizado y digitalizado en el que ya muy pocas cosas nos pertenecen en el plano físico, y en el que hemos pasado a ser meros consumidores y arrendatarios, parece que la imaginación tampoco es enteramente nuestra.

Pasamos los días cansados y anestesiados por el algoritmo, a merced de las decisiones que imaginan y diseñan personas poderosas que comprometen nuestro futuro y así, entre el conformismo y la resignación, somos más vulnerables a ser controlados y manipulados para aceptar esas decisiones.

La técnica como extensión de lo humano

Necesitamos desanclar la imaginación del flujo industrial, para que sea capaz -otra vez- de inscribir en la realidad otros futuros, pero ¿cómo? Esa es precisamente la pregunta que se plantea Felipe Oyarzún, doctor en Filosofía por la Universitat de Barcelona.

En primer lugar, “si queremos desautomatizar nuestra imaginación se hace necesario volver a pensar el vínculo entre vida humana y técnica”, nos dice Oyarzún, estudioso del filósofo francés Bernard Stiegler. Es decir, no se trata de echarle hate a la tecnología para volver a un pasado puro y orgánico.

Muy parecido a lo que sucede con la política, cuando se pone el tema de la tecnología sobre la mesa, generalmente suelen crearse dos bandos: o la amas o la odias. Es que con los tecnofeudalistas controlando la narrativa, es razonable sentir que la tecnología supone una amenaza para la humanidad, pero lo cierto es que es intrínseca a los seres humanos.

No solo es el hecho de que el propio cuerpo humano constituye una estructura mecánica. A lo largo de la historia, además, hemos inventado dispositivos, medios y soportes para procurar nuestra existencia. Esa existencia, sin embargo, no llega programada y en la medida en la que vamos descubriendo quiénes somos y qué hacemos, sentimos la necesidad de externalizar lo que descubrimos “ante nuestra condición finita y olvidadiza” como dice Oyarzún.

De este modo, creamos soportes externos y artificiales para inscribir nuestra memoria (una figura tallada en piedra, un tejido, un libro o una película) y así prolongar las formas de vida más allá de nuestra muerte biológica y singular, “abriéndose con ello el espacio y el tiempo de la cultura”, añade el filósofo.

Es aquí donde entran en juego la memoria y la imaginación, no solo como capacidades internas y personales, sino también como fuerzas que se expresan a través de objetos materiales tecnológicos. La tecnología como tal, entonces, no es el problema y es importante hablar de esto, pues pensar en soluciones para la crisis de la imaginación implica que superemos ciertos sesgos.

Gubernamentalidad algorítmica

Ahora bien, la tecnología combinada con el capitalismo, ese sí es un problema. La irrupción de la industrialización, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, introdujo nuevas dinámicas sociales y alteró la vida cotidiana. El rendimiento y el lucro se instalaron como valores centrales de la sociedad “moderna”, haciendo aceptable la imposición de modelos estandarizados de hacer, vivir y  pensar.

De este modo, como señala Oyarzún, “se van conformando cuerpos, recuerdos y anticipaciones -deseos y sueños- afines a los requerimientos y exigencias de esta gran máquina de producción y consumo constitutiva de las sociedades modernas”.

Si eso ya sucedía en la fase de la industrialización analógica, ¿qué pasó después con la irrupción de las tecnologías digitales? Los investigadores belgas Antoinette Rouvroy y Thomas Berns explican que los datos y los números —lo que conocemos como big data— se han convertido hoy en una nueva y fría forma de definir la realidad o lo que aceptamos como verdadero. Esta lógica se aplica a través de sistemas automáticos que analizan y modelan el comportamiento social.

Con todos los aspectos de nuestras vidas cada vez más automatizados por tecnologías algorítmicas, de repente aquellas preguntas humanas en busca de sentido, quién soy y a qué vine al mundo, se vuelven irrelevantes, “ lo que conlleva a una paulatina pérdida de los saberes […]”. Porque si todo está dicho, entonces, ya imaginar y pensar resulta innecesario.

Como describió Foucault, las sociedades contemporáneas se definen por el control continuo, fluido y «a cielo abierto» de los individuos; control mediado por la tecnología, el consumo y la información.

¿Qué cabida tiene entonces la imaginación en las sociedades de control, en un mundo obsesionado con eliminar cualquier atisbo de impredecibilidad? Y en el mismo orden de ideas, cabe preguntarse: ¿a quiénes y por qué les conviene que dejemos de imaginar y de ensayar otros modos de vida?

Devastación de las diferencias

De vuelta al pasado en busca de respuestas para el presente…Hacia finales del siglo 19, principios del 20, el sociólogo y economista alemán, Max Weber, se refirió en sus textos al progresivo disenchantment o desencanto del mundo de la modernidad occidental consecuencia de la institucionalización de la ciencia y la racionalización del pensamiento. Desencanto en el sentido de pérdida de la magia, de lo místico.

Si el mundo para muchas culturas había sido concebido como un jardín mágico, como describía Weber al confucionismo, la expansión de la visión occidental lo reducía a un terreno a ser dominado. De allí que, como señala el filósofo y sociólogo Martin Savransky, “la historia de los últimos 500 años es una historia de la devastación de las diferencias, de lo que yo llamo un ‘mundo sin otros’ ”.

Ahora bien, ¿recuerdan la pregunta del inicio?: ¿Qué es lo que no estamos mirando? Pues ahí está el cómo empezar a activar nuestra imaginación. Necesitamos empezar a mirar hacia otros lugares, hacia lo diferente de aquello que nos hemos acostumbrado a ver o que nos impusieron como la única posibilidad de vivir.

En este punto, considero relevante mencionar un par de propuestas. Por ejemplo, el trabajo que han estado llevando a cabo los organizadores del Festival Flotante de Cine Amazónico, KANUA, es resaltable. Desde su inicio, el festival ha buscado revertir la lógica extractiva del cine sobre la Amazonía, fortaleciendo procesos de autoenunciación y soberanía narrativa, y ahí, en ese aspecto, es donde me parece que radica su potencia como una de las respuestas a la crisis de la imaginación.

O, ¿qué hay del trabajo que hacen las editoriales independientes materializando ideas que experimentan con relatos de vidas inconformes con lo establecido? Kikuyo Editorial, Severo, Recodo Press, por mencionar algunas ecuatorianas. Ediciones Comisura, Almadía, El Gato y la Caja o Caja Negra son otros increíbles referentes en cuyo apasionado oficio hay mucho de la mística o el encanto con la que este mundo agonizante resiste.

No estoy diciendo que la imaginación por sí sola sea la solución mágica para todo, pero ¿no les parece que hay algo ahí, una potencia, que quizá hemos dejado de jugar a nuestro favor? Por último, siguiendo a Savransky, no olvidemos que “la imaginación no es expresión de pura genialidad individual: se nutre, y se nutre de saberes, de técnicas, de afectos, de experiencias y de intercambios”. Por eso, además, es importante imaginar en comunidad.

¿A qué otras propuestas consideras que se debería voltear la mirada?

Referencias

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-conceptos-de-fantasa-e-imaginacin-en-cervantes-0/html/01342ed6-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

Oyarzún Montes, Luís Felipe. «Bernard Stiegler, la crisis de la imaginación y la tecnicidad 

originaria: cómo bifurcar el futuro». Astrolabio: revista internacional de filosofía, 2024, núm. 28, p. 28-44, https://raco.cat/index.php/Astrolabio/article/view/428980.

Rouvroy, Antoinette y Thomas Berns. 2018. Gobernabilidad algorítmica y perspectivas de emancipación: ¿lo dispar como condición de individuación mediante la relación?. Ecuador Debate, 104: 124-147.

https://revistas.uc.cl/en/disena/decolonizing-the-imagination-in-times-of-crisis-gestures-for-speculative-thinking-feeling-interview-with-martin-savransky/

Estudio Latinobarómetro 2024. Corporación Latinobarómetro: Oleada 2024 – Versión agregada: https://www.latinobarometro.org/latinobarometro-2024 . Madrid: JD Systems Institute.

Marotta, M. (2024). A disenchanted world: Max Weber on magic and modernity. Journal of Classical Sociology, 24(3), 224-242.

Únete a la conversación

Tal vez te interese