15 años de Monkeo: Una crónica de aguante y fiesta

por Juan Pablo Viteri
Los Monks cumplieron 15 años y fuimos a verlos en la primera fecha en Quito, la ciudad que los vio nacer. Desde sus inicios han mezclado todo sin prejuicios, celebrando el rasgo más propio de nuestra cultura: la diversidad.

Seguramente has notado que las músicas de este continente siempre han tenido una relación conflictiva con la idea de pureza. Las fronteras imaginarias que definieron nuestros países han tenido que contener una complejidad exuberante: múltiples regiones, climas y culturas que coexisten marcando contrastes profundos.

Esa riqueza ha propiciado mezclas creativas, pero también ha dado lugar a tensiones y abusos. Hace 15 años, los Monks surgieron en un momento en que la escena independiente mostraba cierta indecisión. Muchos intentaban adaptarse a las tendencias de los mercados globales, pero sin evitar —con mayor o menor audacia— una conexión latente con las raíces musicales locales.

Por supuesto, los Monks apostaron y se entregaron en cuerpo y alma a buscar un sonido auténtico basado en la fusión. De manera juguetona, desde muy temprano definieron su sonido como “swing merengue balcánico” o, como bien describe el título de su primer disco, una “santa fenesca” musical.

Y sí, ya son 15 años desde que iniciaron una travesía que fusionó música con teatro, lo tradicional con lo contemporáneo, la fiesta popular con una crítica aguda. Cual caminantes han recorrido escenarios pequeños y grandes de aquí y de todo el mundo.

Tres discos y varias giras nacionales en internaciones después, el pasado viernes 18 y sábado 19 de julio, regresaron a Quito para ser los anfitriones de su propia celebración en la ciudad que los vio nacer.

La previa

Foto: Juan Pablo Viteri 

Con el equipo de Radio COCOA llegamos temprano a La Estación, el bar-restaurante elegido para el concierto. El lugar, en las afueras de la ciudad, tiene un escenario y condiciones dignas para disfrutar música en vivo, algo que escasea en esta ciudad. Sobre el escenario colgaba una piñata amarilla que avisaba lo que vendría: no solo un concierto, sino una celebración.

Este aniversario tenía un sentido especial para nosotros. Radio COCOA también cumple 15 años este 2025, y cubrir este evento nos puso en modo nostálgico: dos proyectos que crecieron al mismo tiempo y que han resistido, de formas distintas, varios altibajos de la escena musical ecuatoriana.

La banda fue llegando poco a poco. Saludamos primero a Martín Acosta, sonidista del grupo, y a Álvaro, “el punk feliz”, guitarrista de la banda que hace honor a su apodo con un cálido abrazo. Minutos después, mientras el Frente Cumbiero –bandaza– tocaba en el escenario, tuvimos acceso al camerino. Allí estaba Juana (frontwoman) frente al espejo, afinando su look para la noche, Gabriel (frontman) recuperando energía con una menestra y el resto preparando vestuarios.

Hubo abrazos, bromas y esa complicidad que se siente entre viejos aliados. Con los Monks compartimos momentos desde nuestros inicios: cuando ambos proyectos apenas empezaban, grabamos algunos videos juntos y, desde entonces, coincidimos en varios festivales. Quizás por eso, y por las dificultades atravesadas en estos años, nos reconocemos en la voluntad de seguir apostando por la música a pesar de las dificultades.

Hace unos años mientras salíamos de la pandemia, escribí una nota sobre los 20 años de Descomunal, banda de metal extremo, emblema de una escena de la que fui parte en mi temprana adultez y que definió no solo mi afición, sino mi interés profesional de trabajar por y alrededor de la música. Haciendo las entrevistas para esa nota, junto a la banda nos preguntamos ¿por qué entregarse a la música en un contexto hostil para la emergencia de nuevas formas culturales? A lo que Gustavo, el vocalista, solo supo definir como una “fe a lo absurdo e irracional”.

Hacer carrera musical en Ecuador nunca ha sido una apuesta segura. El país carece de un circuito sólido que permita el surgimiento y la sostenibilidad de nuevas propuestas, y todavía faltan políticas públicas que faciliten —en lugar de entorpecer— lo básico: organizar conciertos, giras y festivales. Además, urge crear audiencias locales dispuestas a valorar lo que se produce aquí.

A esto se suma un problema global: la industria musical contemporánea se centra en plataformas de streaming que, con sus algoritmos, privilegian lo masivo y opacan lo emergente y periférico. En ese contexto, entregarle tu vida a la música es, sin duda, una completa locura.

Me pregunto, ¿por qué no optar por opciones de vida más rentables y estables: jornadas de 8 horas, 5 días a la semana y salario fijo? ¿Qué hace que la gente dedique su vida a algo tan poco rentable?

En el camerino le preguntamos a Juana qué hacía hace 15 años. Su respuesta fue una imagen cruda: una vida de encierro entre cuatro paredes que poco a poco consumía su salud mental.

Una y otra vez nos repiten que las artes no son prioritarias, que su función es solo entretener o adornar. Pero imaginemos un mundo sin arte, sin historias, sin música ni baile, sin espacios para celebrar: sería simplemente invivible. El arte —y en especial la música— no es un lujo; es, como bien insinúa Juana, algo vital.

Frente Cumbiero da un show lleno de energía; la gente está animada. Entre el público distingo músicos cercanos a los Monks, chicos muy jóvenes y también personas que, como yo, ya pasamos los cuarenta. Pienso en cómo ha corrido el tiempo y, aun así, me convenzo de que estos espacios siguen siendo vitales y no solo para los más jóvenes.

Es momento de ver a los Monks.

El concierto

Foto: Juan Pablo Viteri

Si hay una banda ecuatoriana que se toma en serio el escenario, esa es Swing Original Monks. Su propuesta, intencionalmente teatral, hace que suban al escenario con un compromiso absoluto: todo está cuidadosamente pensado, desde los vestuarios y la decoración hasta los visuales, los arreglos musicales y, sobre todo, el performance.

Juana, Álvaro y Gabriel tienen una presencia escénica magnética; se entregan por completo a cada canción y proyectan una energía que termina siendo inevitablemente contagiosa. Es difícil encontrar a alguien en el público que no esté bailando o disfrutando con entusiasmo.

Me llaman la atención los cuerpos atléticos de Juana y Gabriel e intuyo que no responden a la vanidad del culto al cuerpo, sino a algo mucho más vital: son cuerpos cargados de energía, que transmiten fuerza y que se han negado a una vida sedentaria de oficina. Es difícil pensar en otra banda independiente con tantos six packs.

En ‘Fiesta Popular’ se infiltran entre el público los payasitos típicos de las celebraciones andinas. El ambiente es carnavalesco y esta canción, que funciona como un tributo a ese tipo de festividades, entiende muy bien que la celebración también puede ser profundamente política. Se trata de eventos liminales que rompen momentáneamente con el orden y el control que rigen la vida cotidiana.

Esa ruptura es precisamente lo que define a las fiestas populares: portales donde la gente puede liberarse de la moral impuesta, de los problemas, del estrés y de la inevitable alienación que trae consigo la vida moderna. En su presencia sobreviven saberes heredados de nuestras raíces indígenas y una sabiduría popular que aún resiste al paso del tiempo. Los Monks han sabido canalizar ese poder en su propuesta artística.

Machaka sube al escenario para cantar ‘Milagro’ versión Monks, la gente se emociona y la fiesta sigue. El público sube al escenario por invitación de la banda. Una señal más de su capacidad especial de conectar con el público.

Foto: Juan Pablo Viteri

Álvaro toma el micrófono y agradece el apoyo de las madres y profesoras de la escuelita de su hijo que apenas tiene tres años. Este grupo de señoras es definitivamente el más animado. Antes de salir al escenario, Álvaro me contaba que en casa el pequeño es ahora el encargado de conectar los cables de sus pedales. Me enternece y fascina esa imagen de paternidad punk.

Vamos llegando al final, viene ‘Tucán’, uno de los primeros temas de los Monks. Desde el principio este tema tuvo un en vivo fuerte. El mensaje anticolonial bellamente y furiosamente plasmado en la letra da paso a un momento en donde los sonidos de animales se toman poco a poco el espacio sonoro mientras la banda permanece rígida como estatua. Un gesto hermoso y que contiene un mensaje ambiental y humano más relevante que nunca.

Por último cierran con ‘Volcánico’, uno de los últimos temas de la banda. El sonido es espectacular, un tema ultra energético que suena demasiado bien. Gabriel rompe la piñata, una banda de pueblo se apodera de un pequeño espacio junto al público, los Monks bajan del escenario y la celebración continúa después del toque.

El after

En estos 15 años hemos atravesado una pandemia, soportado malos gobiernos, paros, apagones y crisis de todo tipo. El panorama del país —y del mundo— puede parecer poco alentador, pero espacios como este me devuelven la esperanza y me recuerdan que aún tenemos la resiliencia para enfrentar cualquier adversidad. Si hemos vivido tanto tiempo junto a la fuerza brutal de los volcanes y seguimos aquí, dudo que exista fuerza capaz de detenernos.

Celebremos nuestra resiliencia. En estos tiempos la alegría es un acto político.

Felices 15 Monks, celebraremos los 30.

Gracias por tanto.

 

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