¿Nombrarse en lenguas indígenas podría significar la recuperación, al menos simbólica, de esos territorios? Escucha el episodio.
Seguramente han pensado qué otro nombre podría calzarle a su rostro o han jugado a cambiarse de nombre porque el que eligieron sus papás no les convence del todo. Pero me pregunto, ¿cuántas veces al día piensan intencionalmente en sus nombres? Tal vez porque mi nombre es muy particular, yo pienso en éste muchas veces a lo largo de un mismo día.
Hace un tiempo viajábamos con mi papá por la carretera que conecta la capital con mi provincia, Imbabura, y sonó una canción que me gustaba mucho en la infancia: Carito me habla en inglés, qué bonito se le ve. (No me juzguen, por favor, Carlos Vives ha tenido sus momentos.) Y mientras escuchaba la canción se me vino un pensamiento de esos medio absurdos o, como diría la juventud, random.
Pensé: las probabilidades de encontrar hoy una canción con mi nombre deben ser nulas. Nulas. Que yo sepa, la única persona en el mundo que se llama Katicnina Yuyaric soy yo; o al menos en Ecuador sí, y eso lo puede confirmar a través de una cheverísima herramienta que me mostró mi amigo Gus en la página web del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos: el visualizador de nombres y apellidos. Esta herramienta te permite saber cuántas personas en el país tienen tu mismo nombre o apellido y en qué año. Mi apellido, Tituaña, por ejemplo, lo tienen 10.912 personas, pero mi nombre, solo yo.
Así que, a diferencia de las Caritos del mundo, creo que moriré sin escuchar una canción con mi nombre, lo cual no tiene ninguna importancia. Sin embargo, este pensamiento que podría parecer muy banal, me llevó a considerar las particularidades de mi nombre.
Katicnina Yuyaric son tres palabras en idioma Kichwas, una de las aproximadamente 14 lenguas originarias que existen en territorio ecuatoriano, y que mis papás juntaron para darle un significado al momento de mi nacimiento. Traducido o interpretado en español vendría a significar ‘Heredera de las Memorias del Fuego’. Me pusieron así por el libro de Galeano y según mi papá, eligieron ese nombre porque querían que mi llegada al mundo simbolizara, de alguna forma, la continuidad de la memoria histórica de los pueblos originarios. Es un nombre que hoy honro mucho, pero no siempre me gustó.
No voy a negar que me ha complicado la vida en muchas ocasiones. Me han cambiado de nombre incontables veces y lo han escrito de las maneras más… ¿creativas?, lo cual antes me enfurecía. Pero es cierto que he llegado a divertirme con los apodos que de cuando en cuando surgen. Mi favorito: Katicninja. Supongo que las personas con nombres raros entenderán esto y también supongo que no fui la única que alguna vez fantaseó con cambiarse de nombre.
De pequeña pensaba: ¿qué otro nombre podría calzarme? ¿Catalina, Julia, Lucía? Todos siempre en español.
Entonces, la pregunta es: ¿cuándo empezó a gustarme este nombre particular? Haciendo memoria, creo que fue cuando llegué a un nuevo colegio y por primera vez, una profesora, Dianita, de lengua y literatura, empezó a llamarme Katicnina —así con todas sus sílabas—, cuando toda la vida solo me habían llamado Katic o Katy, con y griega. Me gustó mucho cómo sonaba cuando Dianita lo pronunciaba, con la elegancia que la caracteriza, y eso, combinado con mi entrada a la fase adolescente del “quiero ser única y diferente”, hizo que empezara a apreciar mi nombre.
Pero fue más adelante en la vida que entendí algo asociado a mí nombre incluso más relevante que el ser única y diferente: para que el registro civil ecuatoriano aceptara Katicnina Yuyaric, tres palabras kichwas, como un nombre válido el año de mi nacimiento, 1997…para que eso fuera una posibilidad, hubo lucha, organización y resistencia porque para los pueblos indígenas, desde la colonización, nombrar a su descendencia en su lengua nativa y con su propio sistema pasó a ser una imposibilidad.