En su documental Mama, Ana Cristina Benítez se aleja de la necesidad de encontrar valentía en los cuerpos enfermos y de convertir el sufrimiento en una lección de vida.
La primera vez que leí el título de esta película, le puse una tilde que no tenía.
Mama. Mamá.
Supongo que hay errores que dicen más de nosotros que las cosas que escribimos bien.
Tenía catorce años cuando la palabra cáncer dejó de ser una palabra. Cuando dejó de pertenecer a las historias ajenas, a las conversaciones en voz baja, a los diagnósticos que parecían existir únicamente en la vida de otros. Tenía catorce años cuando la sentí por primera vez respirándome en el cuello.
A los dieciséis volvió. A los dieciocho, otra vez. Y a los veintiuno, esa palabra que había aprendido a temer terminó por llevarse a mi tía.
Mi familia tiene una relación extraña con el cáncer. Una relación demasiado cercana. Mis dos tías lo tuvieron. Mi bisabuela murió de cáncer de mama. Hubo sospechas de que otra mujer de mi familia también lo había padecido.
Con el tiempo llegaron los estudios genéticos, los nombres, las posibilidades, la certeza inquietante de que algo tan íntimo como nuestro propio cuerpo también podía guardar la historia de quienes nos precedieron. Descubrimos que varias personas de nuestra familia, especialmente las mujeres, tenían una predisposición genética.
Hay algo aterrador en descubrir que tu cuerpo puede guardar recuerdos de personas que ni siquiera conociste.
Es casi como si la enfermedad hubiera aprendido a viajar de una generación a otra. De pronto, un árbol genealógico puede empezar a parecerse demasiado a un historial médico.
Desde entonces, hay algo en mí que retrocede cada vez que alguien menciona el cáncer. No es una decisión consciente. Es mi cuerpo recordando antes que mi cabeza. Un pequeño movimiento hacia atrás, una incomodidad algo difícil de explicar, como si aquella palabra tuviera la capacidad de devolverme a lugares de los que creía haber salido.
De pronto, un árbol genealógico puede empezar a parecerse demasiado a un historial médico.
Pero también pienso en quienes escuchan esa palabra de la boca de alguien a quien quieren. En quienes reciben la noticia sin saber dónde poner las manos, hacia dónde mirar o qué decir. Acompañar a alguien que tiene cáncer puede sentirse como caminar sobre un terreno desconocido, donde cada paso parece tener consecuencias.
Uno no sabe hasta dónde pueden llegar las palabras, cuáles serán capaces de aliviar y cuáles terminarán haciendo más daño. ¿Decimos que todo va a estar bien? ¿Nos quedamos callados? ¿Preguntamos demasiado? ¿Hacemos como si nada hubiera pasado?
De pronto, hasta las palabras más sencillas parecen peligrosas. Caminar alrededor del dolor ajeno se convierte en un ejercicio de equilibrio. Nadie sabe exactamente dónde pisar.
Hay algo cruel en querer consolar a alguien y descubrir que no tenemos nada que ofrecerle salvo nuestra presencia.
Ana Cristina Benítez hace de esa vulnerabilidad el centro de Mama. Durante la pandemia, mientras atravesaba un tratamiento contra el cáncer de mama y debía permanecer alejada de su familia, comenzó a filmarse. La cámara se convirtió en una compañía, en una forma de registrar lo que ocurría con su cuerpo y, quizás, de encontrar cierta cercanía en medio del aislamiento.
Fotograma tráiler Mama
A veces pienso que filmar también es una manera de pedir compañía. La cámara terminó convirtiéndose en testigo de una enfermedad, de las transformaciones del cuerpo, de los vínculos y de la memoria. Mama nace de esas imágenes y de una necesidad profundamente humana: mirar aquello que nos duele, incluso cuando preferiríamos apartar la vista.
Y yo pensé en mi mamá.
No pude evitarlo.
A veces pienso que filmar también es una manera de pedir compañía.
En mi casa hubo dos hermanas enfermas y una tercera que intentó sostener a las otras dos. Mi mamá.
Mientras mis tías atravesaban sus tratamientos, mi mamá intentaba llevarse un poco de ese dolor a casa. Como si pudiera dividirlo. Como si el sufrimiento fuera algo que se pudiera repartir entre varias personas para que a ninguna le tocara demasiado.
Pienso mucho en eso. En la cantidad de veces que debió tener miedo y no lo dijo. En todas las conversaciones que tuvo que sostener, en las llamadas, en las esperas. En el extraño trabajo de intentar ser fuerte mientras se ve sufrir a alguien a quien se ama.
Y me cuestiono cuánto puede soportar una persona cuando su manera de amar consiste en intentar aliviar el sufrimiento de los demás. Cuántas veces mi mamá habrá tenido que guardar su propio dolor para hacer espacio al de sus hermanas. Cuántas veces habrá necesitado que alguien la sostuviera a ella.
Porque hay algo que solemos olvidar cuando hablamos de una enfermedad: alrededor de quien sufre también existen otras personas que comienzan a romperse, aunque sus cuerpos estén sanos. Personas que no reciben el diagnóstico, pero aprenden a vivir pendientes de él. Que no atraviesan los tratamientos, pero conocen el cansancio de esperar. Que no siempre encuentran un lugar para su propio miedo porque sienten que el dolor más importante pertenece a alguien más.
¿Quién mira a la hermana que acompaña? ¿Quién le pregunta si tiene miedo? ¿Quién la sostiene cuando llega a su casa y ya no tiene que fingir que sabe qué hacer?
Hay algo profundamente doloroso en la palabra mamá cuando se la mira desde este lugar. Una palabra tan pequeña para todo lo que esperamos que pueda sostener. Porque mamá cuida, mamá protege, mamá escucha. A veces parece que una madre tuviera que convertirse en un lugar donde los demás puedan depositar aquello que ya no son capaces de cargar.
Pero olvidamos que nuestras madres también son hijas. Que antes de ser madres fueron hermanas. Que también pueden sentirse pequeñas frente a cosas que no comprenden.
Y que no siempre saben cómo seguir.
Tal vez por eso la película de Ana Cristina me conmovió de una manera tan particular. Porque mientras ella me invitaba a mirar de cerca un cuerpo atravesado por la enfermedad, yo no podía dejar de pensar en otro cuerpo. El de mi mamá. Un cuerpo que no estaba enfermo, pero que también había aprendido a convivir con el cáncer.
No sé cuánto de ese dolor se quedó con ella. No sé cuánto sigue cargando. Y me pregunto cuántas veces confundimos el silencio de quienes nos cuidan con la ausencia de sufrimiento.
Hay algo que me resulta especialmente valioso de Mama: Ana Cristina no parece interesada en ofrecernos una historia cómoda sobre la superación de una enfermedad. Su película se aleja de esa necesidad casi desesperada que tenemos de encontrar valentía en todos los cuerpos enfermos, de llamar guerreras a las mujeres que sobreviven y de convertir el sufrimiento en una lección de vida.
Fotograma tráiler documental Mama
Porque a veces una persona enferma no quiere ser valiente. A veces solo quiere estar acompañada. Tener miedo sin que alguien le diga que debe ser fuerte. Llorar sin recibir una frase esperanzadora como respuesta. Existir más allá de su diagnóstico.
Probablemente lo más honesto del documental sea precisamente eso: permitir que el dolor exista sin la obligación de transformarlo en algo hermoso. Ana María volvió la cámara hacia sí misma cuando su cuerpo atravesaba una experiencia que escapaba de su control y, de alguna manera, encontró en el cine una forma de recuperar la mirada sobre su propia vida.
Ana Cristina no parece interesada en ofrecernos una historia cómoda sobre la superación de una enfermedad.
Me pregunto qué significa sostener una cámara cuando el propio cuerpo comienza a sentirse desconocido. Qué se busca conservar en una imagen cuando tantas cosas parecen estar desapareciendo. Quizás filmar sea también una manera de resistirse al olvido. De decir: estuve aquí, este fue mi cuerpo, esto fue lo que sentí.
Yo no tengo imágenes de todos esos años en los que el cáncer estuvo presente en mi familia. Tengo recuerdos sueltos, conversaciones que todavía puedo escuchar, sensaciones que regresan sin pedir permiso. Hay días de los que no recuerdo casi nada y otros que parecen haberse quedado intactos en algún lugar de mi memoria.
A veces me pregunto qué habría visto si hubiera tenido una cámara en las manos. Si habría apuntado hacia mis tías o hacia mi mamá. Si habría entendido que, mientras unas intentaban seguir viviendo, otra estaba aprendiendo a vivir con la posibilidad de perderlas.
Y pienso que eso es algo que el cine puede hacer con nosotros. No devolvernos a quienes hemos perdido ni cambiar el desenlace de una historia, sino permitirnos mirar de nuevo. Encontrar, en las imágenes de una persona desconocida, algo que llevábamos años intentando comprender de nuestra propia vida.
Tal vez por eso Mama me llevó a un lugar mucho más personal de lo que esperaba. Porque terminé encontrándome con la imagen de mi propia madre. No solo como madre, sino como hermana. Como hija. Como una mujer que también tenía derecho a sentir miedo, a cansarse, a no saber qué hacer.
Y puede ser que eso sea lo que más me conmueve: pensar en todas las veces que nuestras madres han intentado protegernos de un dolor que ellas mismas no sabían cómo soportar.
El cáncer me quitó a mi tía cuando tenía veintiún años. Pero mucho antes me había enseñado a mirar de otra manera a mi familia. A reconocer que una enfermedad puede atravesar muchos cuerpos, incluso aquellos en los que nunca se encuentra una célula cancerosa.
Pienso en mis tías, en mi mamá, en las mujeres de mi familia. En todo lo que sus cuerpos han vivido y en todo lo que han tenido que callar. Pienso en lo que significa heredar una historia que no elegimos, pero que inevitablemente nos pertenece.
Y vuelvo a esas dos palabras, tan parecidas que casi parecen una sola.
Mama.
Una parte del cuerpo.
Mamá.
La persona en la que pienso cuando intento recordar quién sostuvo el nuestro.
Solo hay una tilde de diferencia.
Y, sin embargo, no he podido dejar de pensar en todo lo que cabe dentro de ella.