Resonancias del silencio: Patrimonio Sonoro de Sor Gertrudes fue un concierto organizado en el marco del festival Música Ocupa que puso de relieve una parte invaludable de la memoria musical de Quito.
Hay un momento previo al inicio de un concierto en el que el silencio se convierte en expectativa. Antes de que suene la primera nota, el público sostiene la respiración y, por un instante, la sala queda suspendida en un silencio que parece eterno.
Esa fue la sensación que provocó Resonancias del silencio: patrimonio sonoro de Sor Gertrudes, donde la sala del Centro de Arte Contemporáneo se convirtió en un puente entre el pasado y el presente. El concierto tuvo lugar el 5 y 6 de septiembre en el marco del Festival Música Ocupa.
La primera nota rompió el silencio, pero no para dar inicio a un concierto más, sino para anunciar el despertar de una música que había permanecido oculta durante siglos.
El concierto, dirigido por Simón Gangotena, fue un recorrido por distintas épocas y lugares para hablar de espiritualidad, memoria y creación femenina a partir de la figura de Sor Gertrudes de San Yldefonso.
Esta monja quiteña que vivió entre 1651 y 1709 ingresó al Monasterio de Santa Clara en 1668. Allí escribió La Perla Mystica donde se encontraron partituras como Salve Regina y Letanía Lauretana.
Sor Gertrudes vivió en Quito entre 1651 y 1709
Más que un recital de música antigua, fue una conversación entre compositores separados por siglos que permitió que esas obras escritas abandonaran el archivo y regresaran al sonido.
Escucharlas produce una sensación extraña. Resulta difícil pensar que la música escrita en el Quito colonial haya permanecido en silencio durante tanto tiempo y que solo ahora vuelva a ocupar un escenario.
Sor Gertrudes no estuvo sola.
La música de Hildegard Von Bingen, compositora alemana del siglo XII, apareció con O Ignee Spiritus. También sonaron piezas anónimas del Códice de Ibarra como Celebre la tierra y Sagales a prisa; Salve de la Borradora, una pieza prehispánica ecuatoriana, y una versión contemporánea del Salmo 51. Cada obra se conectaba con la siguiente fluidamente con la siguiente.
El recorrido dejó ver cómo distintas tradiciones musicales sobrevivieron, se transformaron y encontraron nuevas maneras de existir. La relación entre Hildegard y Sor Gertrudes fue una de las conexiones más potentes del concierto. Dos mujeres, dos monasterios, dos continentes y cinco siglos de distancia. Aun así, su música dialogaba compartiendo un mismo espacio.
También hubo una decisión creativa que hizo evidente que recuperar el patrimonio no significa congelarlo en el tiempo.
La investigación detrás del proyecto encontró que las obras de Sor Gertrudes fueron concebidas para una formación policoral más grande, es decir, dos coros de siete voces acompañados por bajón y arpa. Reproducir exactamente ese ensamble habría significado intentar reconstruir un pasado inaccesible. En cambio, el proyecto eligió otra ruta: reinterpretarlo.
El clarinete bajo ocupó el lugar del bajón, conservando la profundidad de su registro. El violín y la viola asumieron líneas que originalmente pertenecían a las voces, mientras el teclado evocó las funciones del arpa.
El patrimonio sonoro no vive únicamente en los archivos
Esa traducción cobró vida gracias a Mariela Espinosa de los Monteros en la voz, Estefanía Rivera en el violín, Simón Gangotena en la viola, Tadeo Gangotena en el teclado y Diana Gallegos en el clarinete bajo. Juntos construyeron una sonoridad que en ningún momento se sintió lejana. Las composiciones se sentían en el presente.
Ese fue el gesto más poderoso de Resonancias del silencio. El concierto recordó que el patrimonio sonoro no vive únicamente en los archivos, sino en la posibilidad de volver a ser escuchado. Que una partitura encontrada en un manuscrito puede convertirse en una experiencia compartida. Y que el silencio no es el final de una historia, sino el lugar desde donde una voz espera el momento de regresar.