‘Un temblor compartido’ (Severo Editorial) recoge cerca de un año de correspondencia entre dos escritoras fundamentales de la literatura ecuatoriana: Yuliana Ortiz Ruano y Mónica Ojeda. Las autoras nos concedieron una entrevista para ampliar algunas de sus reflexiones.
Hay cierta extrañeza en internarse en la intimidad de una conversación a la que una no fue convocada a priori. En ese proceso, curiosidad y distancia actúan al mismo tiempo para interpretar un lenguaje con el que dos personas se revelan, con el recordatorio consciente de que dicha interpretación se contamina de la propia subjetividad.
En febrero de 2025, dos amigas iniciaron un ritual que se convertiría en hábito y que al cabo de un tiempo tomaría la forma de un libro. Un libro de cartas —que bien podrían tratarse de ensayos— que resplandece, literalmente por el material de su cubierta, y en un sentido figurado por la lucidez de su contenido.
Ese libro se titula Un temblor compartido, publicado por Severo Editorial, y las amigas son Yuliana Ortiz Ruano y Mónica Ojeda, dos escritoras jóvenes con una huella ya profunda en la literatura ecuatoriana contemporánea.
Para arrancar a leerlo, así como para comentar sobre el mismo, conviene remarcar la aseveración que las escritoras hacen en el epílogo: “los sistemas de legitimación artística han vilipendiado históricamente la intimidad de las mujeres”.
Las más de 250 páginas del libro contienen reflexiones y confesiones sobre un presente inestable que permiten, sino reconocernos en los miedos, frustraciones, compromisos y placeres de ellas, sin duda activar y plantear las propias dudas o certezas. De cualquier modo, es necesario reconocer que la existencia de un libro como este responde a un gesto de generosidad.
Compartir el tiempo, los afectos y los recursos intelectuales de los que están hechas las cartas es un acto de generosidad. Hay que corresponder, entonces, de la misma forma, sin que ello signifique una lectura menos crítica. A fin de cuentas, una lectura atenta es aquella que advierte las contradicciones y puntos ciegos.
El libro se presentó en Quito el 28 de agosto durante el encuentro de editoriales y librerías independientes: El último día del verano. En otro gesto de generosidad, Mónica y Yuliana nos concedieron tiempo un día antes para expandir algunas de sus reflexiones.
Las preguntas planteadas a las autoras son las que surgieron de una primera lectura de Un temblor compartido. Como sucede con cualquier sacudón, suelen desprenderse primero aquellas esquirlas que ya pendían de un todo en apariencia bien adherido. En otras relecturas seguramente se desprenderán otras.
Portada Un temblor compartido, diseño de Arianna Correia.
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Katic Nina: Sería poco honesto decirles que me sentí como una amiga más leyendo su correspondencia. Más bien mantuve una sensación de extrañeza todo el tiempo y quería empezar con esta pregunta: ¿Qué lugar le corresponde xl lectorx en un carteo externo? ¿Cuál ha sido su propia experiencia leyendo este género literario?
Yuliana: Pensando un poco en las correspondencias que he leído, creo que es un género menor en el sentido de que los géneros discursivos, si hablamos del relato o de la poesía, entramos a esos géneros a veces desde un lugar un poco trascendental. No siempre, pero suele ser. Y creo que la carta al dirigirte a una amiga es una escritura que nace desde una afectividad y una intimidad donde te sientes segura para poder jugar con el lenguaje. Ver hasta dónde puede llegar ese lenguaje. Te repites un montón. Yo me repito un montón en esas cartas.
Mónica: Yo también (risas).
Yuliana: Porque estás tanteando hacia dónde te va llevando y también porque es una escritura que quiere corresponder con cariño, con un amor de vuelta hacia una persona. Es como lo decía hace un rato Mónica, como un regalo.
Y yo creo que en lugar del lector… Pienso mucho en lectoras, porque creo que el tema del diario y de las cartas ha sido como un lugar muy de lo íntimo femenino. Pensando un poco en el diario de Pizarnik, por ejemplo, o las cartas de Virginia Woolf, creo que el lugar del diario y de la carta son espacios donde las mujeres que cambiaron la historia de la literatura en muchos aspectos, pueden dar cuenta también de que tenían temores como los que tenemos nosotras.
Tal vez nosotras podemos tener otros temores arraigados a lo tecnológico, ¿verdad? Pero ellas también tenían muchos temores sobre cómo las iban a leer, sobre cómo iban a construir ciertas cuestiones.
“El lugar de lo íntimo es una forma de disputa de la escritura que hacemos las mujeres”.
Hace poco compré la correspondencia de Clarice Lispector y cuando no le responden ella sufre y lo dice y lo expresa en las cartas. Y tú ves a esta mujer que nos ha cambiado la forma de escribir y nos ha entregado tanto en la literatura, siendo también vulnerable, con ese deseo de que le correspondan, de que le devuelvan el amor que ella está entregando en esa carta.
Creo que el lugar de lo íntimo es una forma también de disputa de la escritura que hacemos las mujeres, porque al menos cuando yo era más joven, los espacios literarios que habitaba me daban a entender que mi intimidad no era algo contable ni era algo que le importase a alguien, ¿no?
Entonces creo por eso que el diario y la carta con la amiga tiene un lugar importante y yo creo que esta correspondencia es como cuando te invitan a tu cuarto íntimo, que yo hago mucho eso con mis amigas también. Cuando van a mi casa las llevo a mi cuarto y conversamos en la cama o conversamos en la sala y les hago comida.
Es como una invitación también a una sala de estar cariñosa, ¿no?, que creo yo que a veces hace falta.
Mónica: Pensando justo en las cartas de Virginia Woolf, que no tienen la intención de ser un artefacto literario; tiene que ver con comunicarse con un amigo o con un amante, en el caso de Virginia Woolf, de algunas de sus cartas.
Y en ese afán de conectar con alguien de alguna manera, de encontrarte con alguien en el discurso y en la creación de la palabra, de repente salen yo creo que perlas de pensamiento. Y eso se ve en algunas cartas de muchas escritoras, de escritores en donde de repente empiezan a teorizar. Una carta que parte de la intimidad de: te voy a hablar de lo que estaba cocinando ahora, y de repente hay toda una reflexión sobre el tiempo y el cuerpo con el tiempo a través de la cocina. Yo qué sé.
“En ese afán de conectar con alguien en la creación de la palabra, salen yo creo que perlas de pensamiento”.
Estas cosas pasan y hay algo muy insospechado en eso. También nos planteamos la Yuli y yo: ¿a quién le va a interesar leer esto? Cuando le entregamos las cartas a Fausto en Severo pensamos: bueno, esto era algo entre tú y yo, ¿quién va a querer leer esto?
Pero luego, pensando y revisando las cartas, dijimos: sí, por supuesto, porque aquí hay un movimiento escritural en donde se ve un tejido vivo, biogeográfico, en donde uno pasa justamente de temas anodinos, rutinarios a, de repente, ideas muy valiosas para nuestras vidas concretas y que, por lo tanto, a lo mejor, lo son para alguien más, ¿no?
Y creo que ahí está el lugar del lector, ese lugar donde hay una renovación de sentidos a partir de la lectura, en donde de repente uno va como cazando esos momentos en donde la cotidianidad se vuelve un lugar de verdad, en donde se puede pensar cosas que son importantes para nosotras.
Katic Nina: Me encanta que hayas dicho lo de las perlas, siento que todo lo que he subrayado en el libro son precisamente eso para mí. Ahora, hay varios temas que están presentes continuamente a lo largo de su correspondencia: la pertenencia, el arraigo o desarraigo, la fuga, la escritura de la violencia o el miedo.
Me quedé pensando mucho en esto que escribes, Yuli: “El Estado-nación es una ficción asesina, por eso me siento más hija de un naufragio que del sentido de pertenencia nacional-estatal”.
También dices que si sigues en Ecuador es “por amor a un territorio que no es el país, sino los frutos que da esta tierra”. Claro, el Estado-nación es un territorio que en realidad es el conjunto de muchos, ¿qué cambiaría si aprendiéramos a enunciarnos a partir de los micro-territorios que habitamos?
Yuliana: Es que lo ecuatoriano…yo que soy de una isla entre Ecuador y Colombia donde hay mucho flujo de personas que vienen de Colombia, de Panamá y que también es un territorio bien ocupado por el Estado. O sea, si el Estado estaba presente era para militarizar, para despojar. Esa forma en la que el Estado llega hacia nuestros territorios hace que la pertenencia se sienta extraña.
Yo no puedo pertenecer a lo que constantemente con esos actos me da cuenta de que no pertenezco del todo. Y el arraigo está como más ligado a una territorialidad que tiene que ver con los manglares, lo que pasa en los manglares, lo que pasa en el río, lo que pasa en el mar, lo que pescamos, los cantos, las señoras que cantan, que curan.
“Esa forma en la que el Estado llega hacia nuestros territorios hace que la pertenencia se sienta extraña”.
Creo que esas son las cosas que hacen que yo insista en estar en este espacio. Porque sí, para mí la idea de Estado-nación es una ficción asesina que va y desarticula territorios que tienen siglos ahí y que han tenido una forma de encontrarse y de que la vida permanezca sin que el Estado esté tutelando, ¿no?
Siempre estoy pensando en la presencia del Estado, porque la forma en la que se ha presentado en el norte de Esmeraldas, que es de donde yo soy, siempre ha sido para sustraer y despojar. No hay una forma de pertenecer desde ese lugar, a pesar de que en realidad la gente del norte se siente muy arraigada al Ecuador.
Pero también giramos la mirada hacia Colombia, giramos la mirada hacia Panamá y también giramos la mirada al Caribe, porque tenemos una relación de muchos haceres que compartimos.
Y yo sí siento que Ecuador como Estado nación es un país muy mezquino con la otredad, con las otredades. Siento que el Ecuador no celebra la diferencia. Creo que intentó en algún momento, más o menos ,celebrar la diferencia, pero siempre hay una tensión con los pueblos originarios, con los afrodescendientes, con las mujeres, con todos los cuerpos que insisten en crear desde otro lugar que no sea una docilidad al Estado. Y eso me parece sumamente problemático.
Entonces, creo que pensar en esa no pertenencia es importante para mí, para buscar otras formas de pertenecer a estos arraigos que tienen que ver más con el manglar, con la marea, que a la vez me conecta de otra forma con el territorio.
Katic Nina: Pienso mucho también que la idea del Ecuador se está reinventando en los últimos años. Lo vemos mucho en el arte, en el cine, en la literatura, en la música.
De hecho, entre sus recomendaciones musicales en el libro está Pedro Bonfim y Jatun Mama, artistas que se enuncian desde diferentes identidades, pero también como insistiendo en sentirse parte de este territorio. ¿Cuál sienten que es el momento del arte en el Ecuador en relación a esas identidades quizás conflictivas de lo ecuatoriano?
Mónica: Yo siento que de todas maneras el lugar del arte es cuestionar esa especie de fosilización identitaria que se ha querido hacer desde el Estado-Nación, que convenientemente ha querido describir determinadas identidades que son, efectivamente, como decía Yuliana, diversas, pero sobre todo, que están vivas y que por lo tanto, se están recreando constantemente.
En esa recreación constante no se dejan fácilmente atrapar en estos discursos estatutarios que los quieren fijar, como dejar ahí muy quietos. Por supuesto que también hay algo que asusta del constante movimiento, pero es que la vida asusta porque es un constante movimiento.
A mí me parece que la escritura y las artes de alguna manera tienen que insertarse en ese movimiento. Yo pienso en la escritura que es lo que más conozco —pero supongo que esto se puede ver también en todas las otras artes—, cómo meter esos flujos, esos movimientos, esas mutaciones, esas paradojas, esas contradicciones para que en la escritura estén vivas sin necesariamente decantarse por una cosa o la otra que es lo que quedaría en el discurso estatuario, ¿no?
“Es algo que hace el arte. Nos afina la mirada crítica, la perspectiva.”
¿Cómo hacemos que la escritura, en lugar de decir, acontezca? Significa que se quede algo vivo después de que leemos o escribimos, que nos haga seguir interrogándonos de forma permanente, pero interrogándonos mejor también. Es decir, afinar determinadas herramientas de interrogación. Y eso creo que es algo que hace el arte. Nos afina la mirada crítica, la perspectiva para que podamos preguntar mejor en los años venideros y en el presente también.
La entrevista completa puede verse clicando aquí.
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Gracias, siempre, a Severo Editorial por gestionar la entrevista y al Hotel Santa Clara por las comodidades brindadas para desarrollarla. El libro se encuentra en librerías independientes, en Quito: Casiopea, Cosmonauta, La Bodeguita, La Imaginativa, Fondo de Cultura Económica, Española, entre otras. En Guayaquil: Tin studio, Mientras embalo mi biblioteca.