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Bandas Nacionales

El milagro de San Pedro en el Sucre

By Juan Pablo Viteri

September 19, 2025

Para celebrar su aniversario XV, Radio COCOA llenó el Teatro Sucre. San Pedro Bonfim fue el guía de una noche que desdibujó fronteras. Esta crónica es testimonio de un milagro hecho música.

En un país donde apostar por la cultura rara vez es rentable, cumplir quince años no es solo una celebración: es un acto de rebeldía. A veces, vale la pena detenerse, mirar atrás y preguntarse qué fue lo que nos trajo hasta aquí. No para aplaudirnos, sino para entender por qué seguimos haciéndolo.

Cuando comenzamos a planear esta celebración tuvimos claro que no se trataba de conmemorar nuestros logros. Queríamos mirar hacia aquello que nos dio sentido desde el primer día: la música ecuatoriana. Radio COCOA no existiría sin esa escena que nos inspiró, nos formó y nos empujó a crear. La celebración no era sobre nosotros, sino sobre todo lo que hemos tenido el privilegio de acompañar y amplificar.

Quienes hemos pasado por Radio COCOA –estudiantes, profesores, jóvenes profesionales– sabemos lo que significa aportar, desde nuestras disciplinas, a una cultura que crece con esfuerzo, resiliencia y pasión. La música no solo nos ha acompañado; ha modelado nuestra forma de entender el mundo. Nos ha motivado a escribir, diseñar, filmar, cuestionar y soñar.

En todo este tiempo también aprendimos algo que, viniendo de un medio digital, puede sonar paradójico: las redes, los likes y los algoritmos no sostienen una escena. La verdadera fuerza está en el toque en vivo. En la gente que se reúne, que escucha, que vibra junta. Esa fue una de las motivaciones más claras para organizar esta celebración. Entendimos que la música, para ser vivida plenamente, necesita un espacio compartido. Presente. Cara a cara.

Por eso, cuando pensamos en cómo celebrar, decidimos salir de nuestra zona de confort. En lugar de cubrir y promocionar un evento, como lo hacemos en nuestro día a día, nos lanzamos a organizarlo. Evaluamos la idea de un festival, pero apostamos por algo más pequeño y acorde a nuestras capacidades, un concierto. Pero no, no cualquier concierto; uno que represente nuestros valores de independencia, un evento especial y único.

Luego vino la pregunta inevitable: ¿quién debía liderar esta celebración? Necesitábamos a alguien que entienda esta escena, que haya crecido con ella, pero también que la cuestione y esté buscando llevarla más allá. Alguien que no tema mezclar lo popular con lo experimental, lo tradicional con lo nuevo. Y si uno ha seguido de cerca a la música emergente, sabrá que San Pedro Bonfím era una de las opciones más naturales.

Su carrera como solista y en banda no solo se ha consolidado, sino que se ha posicionado como una voz que no teme a desafiar la realidad que vivimos. En Radio COCOA conocemos a Pedro desde sus inicios, cuando el Lolabúm apenas empezaba. Desde entonces, se ha forjado una relación de amistad, respeto y una complicidad creativa que se ha mantenido.

Cuando lo contactamos –Pedro ahora vive entre Bogotá y Quito–, su disposición fue inmediata. Las ideas empezaron a fluir con la velocidad de quienes conspiran para hacer algo improbable.

El guagua

Fotografía: Juan Pablo Viteri

Conocí a Pedro cuando él recién salía del colegio. Ya había formado Lolabúm y también tenía bajo el brazo un disco solista producido de forma casera: Quisiera verles bailar con esto. Desde Radio COCOA produjimos el primer videoclip de la banda y en varias ocasiones me pidieron tomar sus fotos oficiales. Desde entonces, se tejió una cercanía que, de una u otra forma, se ha mantenido.

Aunque El Cielo, el primer disco de Lolabúm, no tardó en ganarse el cariño de las audiencias jóvenes, debo confesar que fueron las exploraciones individuales de Pedro las que más llamaron mi atención. Recuerdo haber escuchado ese primer disco solista y pensar —no me maten— que me encontraba ante una suerte de David Byrne o un Beck andino.

En esas canciones iniciales se escucha a un Pedro adolescente, jugando con una guitarra de palo, grabando en su cuarto, probando sonidos raros en la compu. No era prolijo, y eso lo hacía auténtico. Me encantaban los sonidos ambientales, que no sé si estaban ahí por accidente, porque son un experimento o una mezcla de ambas. Pienso, por ejemplo, en La metamorfosis de Kafka, una especie de rock acústico que termina fundiéndose con el sonido de una comparsa popular andina.

Volver a escucharlo hoy es encontrar muchas claves del San Pedro Bonfim actual. En ese trabajo tímido hay un adolescente curioso, travieso, sin pretensiones, que simplemente disfruta los sonidos que descubre puede producir y se pregunta si alguien más querrá disfrutarlos junto a él. No creo que buscaba ser visto como un genio incomprendido. Buscaba conexión.

Y eso me conmueve. Porque, más de una década después, ese Pedro ha evolucionado inmensamente, pero sigue manteniendo ese carácter de guagua libre, irreverente y juguetón. Me gusta pensar que estos 15 años de Radio COCOA reflejan un espíritu similar.

El corazón

Fotografía: Juan Pablo Viteri

La propuesta de concierto debía resolver un problema: ¿cómo diseñar algo único e irrepetible? En principio lancé la idea de un ensamble orquestal para las canciones de San Pedro Bonfim. Lo dudé al decirlo –las sinfónicas pueden ser recursos gastados, casi cliché–, pero Pedro supo transformar esa idea, tal vez muy básica, en algo excepcional.

En lugar de una orquesta clásica, propuso trabajar con la Orquesta de Instrumentos Andinos (OIA), cuyo sonido, nos cuenta, le había fascinado. Tenía mucho sentido. ‘Corazón de guagua’ ya era una exploración abierta de las raíces musicales del Ecuador. La OIA, que combina vientos, cuerdas y percusión tradicional, ofrece una sonoridad sutil pero poderosa, y sí, sinfónica, pero en sus propios términos. La conexión era inevitable. Y me emocionó imaginar su música amplificada por esa fuerza colectiva de instrumentos tradicionales.

Nuestro siguiente aliado fue la Fundación Teatro Nacional Sucre, que no solo acogió la propuesta, sino que facilitó todo para que ocurriera en el Teatro Sucre. Allí apareció también Simón Gangotena, de InConcerto, con una propuesta clara: sumar cuerdas a canciones específicas del repertorio de San Pedro. Pedro aceptó y el componente clásico se sumó al evento, sembrando una premisa de diversidad sonora y de fusión desprejuiciada y multitemporal de sonidos.

Diseñamos un tejido sonoro amplio y bien articulado.

Para hacer al evento más plural, Pedro propuso colaborar con músicos en distintos temas. También planteó no solo tocar sus composiciones, sino preparar versiones de canciones ecuatorianas de distintas épocas. La mayoría de nombres se concretaron y pocos se fueron descartando.

Tener en el mismo escenario a una figura emblemática como Margarita Laso junto a una artista joven como Pixie (Estamos Perdidos) fue, lo digo sin miedo, una apuesta mágica. La incorporación de Jatun Mama, de Fabrikante, de Álvaro Bermeo, de Felipe Le, y por supuesto, de Lolabúm, demostraba que no preparamos una cartelera improvisada. Diseñamos un tejido sonoro amplio y bien articulado. La selección de canciones e invitados fue tan especial que, honestamente, merece un texto aparte solo para analizarla. Y lo haremos.

De a poco fuimos entendiendo lo que queríamos lograr:  superar barreras generacionales, abrazar lo local y lo diverso, mezclar sin prejuicios y celebrar así a la música ecuatoriana en todo su espectro. San Pedrito, en otras palabras, anunciaba un milagro.

La palabra “milagro” suena exagerada, lo sé. Pero si se piensa con detenimiento no lo es. Los milagros no son otra cosa que actos que rompen el orden previsto, que cuestionan lo posible, eventos extraños que, por sobre todo, siembran esperanza.

El Ecuador

Fotografía: Juan Pablo Viteri

En los días previos al concierto, mientras se cerraban ensayos y arreglos, sentí una mezcla extraña entre la ansiedad inevitable de procurar que todo funcione bien, y la emoción de ver que, en efecto, estábamos construyendo algo especial. La puesta en escena era compleja: muchos músicos en escenario, varios frentes logísticos abiertos y una campaña de comunicación en marcha.

Había momentos en que todo parecía demasiado. Pero, poco a poco, todo comenzó a fluir. El equipo se articuló con compromiso, y en particular, Marx Corella —desde Radio COCOA— se convirtió en el eje que sostuvo la producción con su calma meticulosa y una dedicación inquebrantable.

La campaña de comunicación también empezó a resonar. Pedro eligió tres canciones del concierto que consideraba esenciales sobre las que propusimos contar su historia escondida a través de contenidos en nuestras redes. Tres piezas, tres épocas, tres autores: Cumbia Triste de Polibio Mayorga; De terciopelo negro de Jorge Araujo Chiriboga; y Corazón de guagua, compuesta por Pedro durante la pandemia en el barrio de La Tola.

“La música ecuatoriana está llena de joyas”

Los contenidos circularon en redes con respuestas muy emotivas. No estuve en las grabaciones, los vi por primera vez cuando se publicaron y, con cada contenido, sentí una emoción inmensa. Despertaron en mí mucha nostalgia, pero no de añoranza por el pasado, sino de reconocer en ese pasado escondido un potencial creativo muy vigente. Como ha dicho Pedro en más de una ocasión: “la música ecuatoriana está llena de joyas”. Y, sin embargo, seguimos atrapados en la idea de que innovar implica mirar hacia afuera.

De todos los momentos que me conmovieron en el proceso, hubo uno que me atravesó por completo. Recibí por WhatsApp un video del primer ensayo entre Pedro y Margarita Laso, interpretando ‘Tu amor es como el corazón de las manzanas’. Verlos ahí, compartiendo una misma canción desde lugares generacionales distintos, con esa simpleza íntima y una entrega sobrecogedora, me dejó sin palabras. Sentí un nudo en la garganta y un temblor en las rodillas. Fue, no encuentro otra forma de decirlo, sanador. Una especie de alineación cósmica donde, por un instante, todas las disonancias parecían reconciliarse. Y sí, me permití ser cursi. Las emociones fueron demasiado intensas como para pretender mantener distancia.

Todo pasó muy rápido, y de pronto ya era el día del concierto. La primera actividad abierta al público fue el meet and greet. Me conmovió la sencillez con la que Pedro respondía, uno a uno, a quienes habían pagado un poco más por compartir un momento cercano con él. El tiempo era breve y había un poco de apuro, pero aun así Pedro se empeñó en atender cada pregunta con atención. La mayoría giraban en torno a sus procesos creativos, y no era casual, muchos de los asistentes eran artistas jóvenes que, además de la admiración que le tienen, buscaban inspiración para sus propios procesos.

Camino hacia los camerinos y me encuentro con la madre de Pedro. Mantiene una sonrisa tímida pero los ojos vidriosos mientras observa desde un monitor cómo su hijo responde con calidez a las preguntas de ese grupo de fans. La saludo y me dice que está esperando a Pedro para maquillarlo. No puedo evitar sentir ternura. Un día antes, Pedro me había contado que a su madre le costó aceptar su decisión de dedicarse a la música. Pero con el tiempo, no sólo lo comprendió, sino que se volvió una de sus mayores admiradoras. Me dice que no usa plataformas de streaming, pero lleva sus canciones en una USB que escucha en el radio de su auto.

Pedro deja su atuendo de mortal y se transforma en San Pedro. Viste completamente de blanco, de pies a cabeza. Suenan las campanas del Teatro. Es el momento de comenzar a hacer el milagro.

Fotografía: Juan Pablo Viteri

Abre con De terciopelo negro. Las cuerdas de InConcerto lo acompañan, y el arreglo da a la canción una nueva profundidad, casi cinematográfica. El público escucha en absoluto silencio, como si nadie se atreviera a respirar. Y entonces, después del último acorde, estallan en aplausos.

Uno a uno, los músicos invitados se van sumando. Huekito con Felipe Le, Mi panecillo querido con Álvaro Bermeo y David Tamayo, y luego Fabrikante entra para elevar la energía con Cumbia Triste. Cada canción abre una atmósfera distinta. Cada colaboración aporta un nuevo matiz.

Llega un bloque donde San Pedro está solo. O casi. Desde el centro del escenario, recita ‘Putas pirañas’ con una presencia que impone. Es dueño del espacio y de la atención de todos. Nadie se mueve. Pocos parpadean. Luego, Jesús Bonilla, con su arpa, y Félix Maldonado, con su violín, suben para interpretar ‘Por arriba corre el río’, otra pieza con una historia que merece su propio capítulo. En ‘Señor sol, señora luna’, invita al público a cantar. El Sucre entero se vuelve coro. San Pedro demuestra su capacidad de conectar con la gente.

Entonces afirma sentirse muy solo en escenario. Procede a invitar a la Orquesta de Instrumentos Andinos. El fondo del escenario se llena de músicos de distintas edades formando una pared rosa. Viene ‘Tu amor es como la piel de la manzana’ junto a Margarita. La ejecución es sublime. El público, que parecía haber contenido la respiración, vuelve a estallar en aplausos.

Le siguen ‘Simiruco’, ‘Ciudad de espanto’ y ‘Corazón de guagua’. Con estos hits, el ambiente se vuelve festivo. San Pedro se retira entre aplausos, pero la mayoría sabe que falta algo. Viene una pausa que provoca una tensión que se rompe cuando entra Lolabúm en su formación más emblemática, “la más triste y tropical”. Esa que se formó en el 2016 y que se desarmó después de la pandemia.

Fotografía: Juan Pablo Viteri

Aparece el incondicional Techo en el bajo, y los “ex” —Chino en la segunda guitarra, Jim en la batería—, seguidos de Pedro, que ya no es el santo. Es solo Pedro. Ahora con su guitarra eléctrica colgando de sus hombros, señala el instrumento y dice: “esto también sirve para hacer música ecuatoriana”. La frase es una declaración de principios. Lo que sigue es una descarga: ‘Casi 20 en el 2016’. El público responde de inmediato, cantando y completando las letras, haciendo eco de la rabia y la frustración contenidas en esa canción. 

La tanda de canciones de Lola se interrumpe con un cover de Iceborg, canción de Biorn Borg, banda quiteña muy influyente para Pedro y su generación de músicos. La invitada para este tema fue Pixie, vocalista muy joven de Estamos Perdidos, una de mis bandas de punk favoritas del momento. Fue un pequeño tributo al rock dosmilero de Quito, al que siguieron varios hits de Lola que elevaron aún más la energía.

Las luces de los celulares se encienden en el público como luciérnagas blancas.

En un momento, la emoción es tal que rompe el decoro que impone la arquitectura clásica y solemne del teatro, la gente se pone de pie y ocupa el pasillo. En ese momento supe que el evento se transformó en un concierto de rock. Me pregunto si eso cabreó a los fantasmas que habitan el Sucre.

Se acerca el gran final. Regresa la Orquesta de Instrumentos, regresa InConcerto, Lolabúm se queda en el escenario. Muchos seguramente intuyen lo que va a pasar. Y sí, es momento de ‘El Ecuador’ en la que probablemente ha sido su versión más épica hasta la fecha. Las luces de los celulares se encienden en el público como luciérnagas blancas. Parece que todo el teatro canta a todo pulmón la letra de principio a fin. Estoy con la piel erizada.

En la versión del disco entran grabaciones de ex presidentes diciendo “El Ecuador”, en esta ocasión, no suenan esas grabaciones. En su lugar, mientras suena una atmósfera orquestal, los chicos de Lola dejan sus instrumentos y se paran de espalda al público de forma similar a la formación del minuto cívico del colegio. Pedro grita a todo pulmón “EL ECUADOR” y una de las cuerdas hace sonar la melodía con la que empieza el Himno Nacional para finalizar la presentación. Un aplauso largo y, desde el público, contemplamos cómo los chicos de Lola se dan un abrazo largo y sentido.

El milagro se había completado.

***

Fotografía: Juan Pablo Viteri

Durante el concierto, Pedro tomó la palabra en varias ocasiones para hablar de lo que implica hacer cultura desde lo independiente. Habló de la importancia de asistir a conciertos locales, de apoyar a las bandas del país, de sostener, entre todos, los espacios que nos permiten crear y compartir. También dedicó unas palabras sentidas a Radio COCOA, reconociendo su rol en la difusión de la música y el arte local. Le agradezco profundamente. Porque en esa espontaneidad, en ese reconocimiento genuino, sentimos que nuestro trabajo tiene sentido. Nos da vida.

De todo lo que dijo, me quedo con una idea sobre la que quisiera reflexionar un poco más: la necesidad de construir desde lo colectivo. Muchas veces nos hemos definido desde la lógica anglosajona del DIY (hazlo tú mismo) como una forma de resistencia, de autonomía, de navegar a contracorriente. Y aunque esa ética sigue siendo valiosa para nuestro contexto, creo que no basta. Siendo consecuente con nuestros procesos históricos y culturales, nos damos cuenta de que el camino no es hacerlo solos, sino hacerlo juntos.

Concretar un evento como este fue un reto, sí, pero también una fuente enorme de motivación. El apoyo de la Fundación Teatro Nacional Sucre, del equipo de San Pedro y Lolabúm, de nuestros auspiciantes y medios colegas, hizo que todo el proceso se sintiera cálido, colaborativo, muy humano. Esta celebración nos confirma algo que intuíamos desde hace tiempo: el camino no está en competir, sino en colaborar. Gracias a quienes fueron parte.

Ver un teatro lleno para un concierto local pagado fue, sí, un pequeño milagro. Nos llenó de alegría. Pero también nos obliga a preguntarnos por qué ese pequeño milagro fue la excepción. Tal vez el siguiente milagro será hacer que lo sobrenatural sea lo natural.

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