Cuando pensamos en América Latina como una sola cosa, aglutinados todos bajo la sombrilla de la “latinidad”, es fácil perder de vista que las luchas no son las mismas para todos.
Lo veo y escucho por todos lados: “ser latinx está de moda”. La última persona a la que se lo escuché decirlo fue a Silvana Estrada y aunque todo lo que dice Silvana me parece brillante, mi panza disconforme no puede evitar contraerse ante afirmaciones como esa.
En defensa de la cantautora mexicana —y porque el contexto siempre es importante—, conviene aclarar que lo dijo en una entrevista para BBC News Mundo en la que el periodista Facundo Macchi le pregunta: ¿Qué sentís con toda esta nueva ola de fascinación por la cultura latinoamericana que, en algún punto, parece que para algunos ser latino está de moda?, ¿cómo te sentís vos con eso?
La respuesta de Silvana, en realidad, es más bien una táctica conversacional en la que valida un enunciado externo: “parece que ser latino está de moda yo creo que sí […] porque somos increíbles”; pero, si bien lo valida, enseguida lo complejiza: “pero al mismo tiempo, nunca las fronteras han estado tan bravas con los latinos”.
Esa complejización, sin embargo, no siempre está dada en todos los discursos y contenidos inmediatos que circulan sobre el tema de la latinidad. De allí que, por ejemplo, después del 8 de febrero, cuando Bad Bunny se adueñó del escenario del Super Tazón, de repente Latinoamérica a los ojos del mundo parecía verse así:
Entiendo que repetir alguna versión de “todxs quieren ser latinxs” es una suerte de defensa de la dignidad de una región que ofrece tanto y duele tanto por muchos motivos. Lo entiendo, pero repetirla sin masticarla creo que es dejar pasar una oportunidad para pensar en aquello que esta región no acaba de enmendar internamente (racismo estructural, segregación, colorismo, perfilamiento racial).
Por eso, justo ahora cuando la latinidad está en auge, me parece oportuno que nos preguntemos: ¿qué hacemos con el mestizaje? Me refiero al mestizaje como instrumento colonial que parece haber encontrado en la latinidad la oportunidad perfecta para un rebranding: nueva presentación, mismos efectos. Homogeneización y negación del racismo.
Me da la impresión de que en los últimos cinco años, al menos en Ecuador, la latinidad como identidad parece haber reemplazado a la identidad mestiza, sin que ésta haya siquiera llegado a ser asumida con pensamiento crítico por los sujetos que optan por esa categoría. Es decir, con la conciencia de que es una categoría compleja que afecta a cómo se construyen otras identidades: indígenas, negras, cholas, montubias, y por ende, a cómo nos relacionamos los unos con los otros.
“Latinidad” y “mestizaje” funcionan como categorías independientes con sus propios usos, historia y cargas simbólicas, es verdad, pero ¿no es demasiada coincidencia que ambas faciliten la ilusión de que Latinoamérica es un crisol de culturas en donde todos vivimos en igualdad de condiciones?
Hacer una revisión de la historia, usos y cargas simbólicas de ambas categorías de manera independiente quizá sea el lugar por donde empezar para problematizar esa pregunta.
Latinidad en tensión
Tras largas semanas en las que Estados Unidos desplegó todo su alcance de persecución y violencia contra su propio pueblo, con los latinxs como blanco principal, además de la invasión a Venezuela, y las constantes amenazas a otros países de la región, la presentación de Benito en el Súper Tazón significó mucho. Y significó mucho más allá del gusto o no por su música, pues como escribió el periodista cubano Carlos Manuel Álvarez: “En un mundo abiertamente fascista ningún símbolo de consuelo debe ser echado a la basura”.
Recordar el show de Benito me parece un buen punto de partida para explorar en las propias complejidades de un término que no es nuevo, pero que ha coronado el mainstream en los últimos años. La latinidad, expresada en las lágrimas que no faltaron durante y después del show, se muestra tan latente hoy que incluso apela a personas que, como yo —una muchacha indígena— se definen por otras categorías identitarias.
El término, tal como circula en el mainstream, nos asigna una personalidad o identidad en apariencia encantadora a la agrupación de territorios que integramos la región llamada América Latina. La denominación misma de dicha región, sin embargo, nunca estuvo exenta de tensiones ni disputas.
De hecho, fue el político francés Michel Chevalier quien en 1836 introdujo el término “latino” para diferenciar la Europa romana de la germánica, cuyos proyectos imperiales y colonizadores en el “nuevo mundo” habían dado origen a una américa anglosajona y protestante y a otra, católica y latina (Agelvis, 2023).
Solo más adelante dicha caracterización empezó a adoptarse por las élites criollas de las nuevas repúblicas independizadas. Y es que, si bien se había alcanzado autonomía económica y poder político, los nuevos grupos dominantes no pretendían modificar las estructuras que les otorgaban privilegios en base a preceptos de superioridad racial. Es más, continuaron estrechando vínculos.
De este modo, en las antiguas colonias se mantuvo vivo el orgullo por aquellos rasgos coloniales heredados como las lenguas derivadas del latín. La caracterización en base a las lenguas romances, no obstante, excluye por razones obvias a las ex colonias británicas y holandesas del Caribe (Vaca, 2017). Y por otro lado, como señala Agelvis, “en esta noción de ‘latinidad’ quedaban excluidos de participar los negros y los indios”.
Hace un tiempo vi una imagen en Instagram que decía: White latinidad is a redundancy (la latinidad blanca es una redundancia). La publicación se reducía a la imagen con esa frase y nada más, ni una descripción ni reflexión, como si no necesitara explicarse. Recuerdo que, aunque dejé atrás ese post y seguí escroleando, me hizo cosquillas y de vez en cuando aparecía al azar entre mis pensamientos. Este breve repaso histórico, de alguna forma, calma ese cosquilleo de lo que una no alcanza a explicarse en un momento y, de repente, bam, hace mucho sentido.
La otra latinidad
Imagen vía National Museum for the American Latino
Mi afán de complejizar un término que ha perdurado en el transcurso de la historia sería incompleto si tan solo me remonto a sus inicios. Como cualquier otra categoría, los sentidos de «latinidad» también han cambiado a lo largo del tiempo, a medida que diferentes personas la han hecho suya dentro de sus propios contextos y épocas.
De hecho, el “ahora todos quieren ser latinos” de Bad Bunny tiene más que ver con el movimiento político que ha resistido la aculturación gringa en Estados Unidos —con especial protagonismo desde la década del 60—, que con una mera diferenciación (germánica/romana) europea.
Benito, como él mismo ha reconocido, solo está tomando la posta a los representantes de las luchas que, a través de la música y el arte, le han plantado cara al imperialismo y colonialismo gringo-europeo a lo largo de la historia reciente. Representantes como Rubén Blades o Residente, quien ya por allá en el 2009 reivindicó a la región como “un pedazo de tierra que vale la pena” en el himno en el que se convirtió la canción Latinoamérica de Calle 13.
Lo interesante de señalar en este punto es que la categoría ‘latino’ cobra cuerpo en Estados Unidos en plena apertura de milenio, cuando aparece por primera vez en el censo decenal del 2000 (Blakemore, 2024). ‘Latino’ se añadió a las opciones de etnicidad junto a ‘hispano’ o ‘español’ como resultado de una larga lucha de los movimientos por los derechos civiles que presionaron al gobierno para generar datos demográficos de sus comunidades. A partir de entonces ha ido ganando terreno a nivel cultural más allá de Estados Unidos.
No está demás recalcar que la latinidad como categoría identitaria es compleja y que no existe aislada de otras. Lo que nos lleva a la reflexión de la socióloga Nancy López, citada en este artículo de National Geographic: “Pretender que todos los latinos tienen el mismo estatus racial es ignorar la realidad de una pigmentocracia. Tu autoidentidad no es un sustituto de tu identidad social”.
Mestizaje
Ahora, ¿de qué manera se vincula todo esto con el mestizaje? A partir de la postindependencia, el mestizaje fue construyéndose como ideal de unificación, llegando eventualmente a inscribirse en las leyes escritas y no escritas de los Estados de las nuevas repúblicas.
Las élites criollas ahora al mando reforzaron esta caracterización con dos fines. Uno: sofocar el reclamo de los pueblos nativos ante la continua subyugación. Dos: concentrar las masas “latinas” para entrar en la carrera por la hegemonía en el hemisferio occidental frente al gran opositor que llevaba la delantera: Estados Unidos (Bracho, 2009).
Así, el mestizo —que bajo el dominio de la Corona tenía derechos de ciudadanía restringidos— pasó a integrar al grupo dominante, cuya superioridad además se sustentaba en ideas eugenésicas de los “buenos genes” asociados a la blancura.
Como señala Tanya Katerí Hernández (2016), “Latinoamérica se ha enorgullecido tradicionalmente de la histórica ausencia de leyes de segregación racial ordenadas por el Estado, como la Jim Crow”. Sin embargo, luego de abolir la esclavitud, muchos países de la región ofrecieron incentivos económicos para motivar la inmigración europea, a la vez que aprobaron leyes restrictivas a la inmigración de personas de ascendencia africana.
De vuelta al presente, no se trata de decir que el mestizaje es una categoría fija e inmutable. Al contrario, al igual que la latinidad, sus sentidos han cambiado y las personas los han resignificado a lo largo del tiempo. Partiendo de esa premisa, lo que no obstante se ha mantenido constante en el tiempo es que el mestizaje ejerce cierto poder sobre otros grupos.
Para empezar, es el grupo más numeroso, constituye el 77,5% en Ecuador según el último Censo. En segundo lugar, para los mestizos no supone una lucha identificarse como tal, por lo tanto, la gran mayoría ni siquiera parece interesada en cuestionarse lo determinante que resulta para otros grupos no serlo. Con determinante me refiero a: la movilidad social que continúa ofreciendo el mestizaje es bárbara, por más derechos que los pueblos indígenas y afrodescendientes hayan asentado al menos en papel (en la práctica es otra la historia). Eso, en cierta medida, explica por qué porcentualmente las llamadas “minorías étnicas” se reducen censo tras censo tras censo.
¿Cada quien para su casa?
Llegado este punto, quiero invocar a Rubén Blades a propósito de una canción en colaboración con Calle 13 que también salió por allá en el 2009: La Perla. Hay una línea que canta Blades en esa canción que me atrapó desde la primera vez que la escuché, y que me ha desencadenado múltiples reflexiones a lo largo de la vida: Ni dormido me olvido de mi identidad.
En su sencillez esa frase me parece bien poderosa. La canción en sí es un homenaje a los lugares de nacimiento y crianza de ambos artistas, a la familia, al barrio, la comunidad, los paisajes, los anhelos, las penas y las luchas. A las particularidades de cada uno y a lo que los hace comunes: el mar caribe, los trópicos, y la negativa a ceder ante las fuerzas colonizadoras de Estados Unidos.
Siento que esa pequeña oración encapsula lo que Rubén Blades y Residente dicen en toda la canción, y lo que Bad Bunny llevó a uno de los escenarios más importantes del país más poderoso del mundo: esto somos y no nos van a borrar. Un sentimiento con el que muchas personas de América Latina nos identificamos y que hay que seguir cultivando desde nuestras múltiples identidades.
El problema, y mi crítica a esa latinidad que circula en redes, es que casi siempre solo nos quedamos en el apogeo del sentimiento. ¿Qué quiero decir? Que bueno, como en toda celebración, luego cada quien para su casa y las cosas a su lugar, ¿o no solemos decir cuando terminamos de ordenar todo: “aquí no ha pasado nada”? Y entonces, ¿qué significa esto en el contexto de América Latina? Pues lo mismo, los grupos marginados a su casa y los sistemas de opresión en su lugar.
Porque cuando pensamos en América Latina como una sola cosa, aglutinados todos bajo la sombrilla de la “latinidad”, es fácil perder de vista que las luchas no son las mismas para todos, que la historia no ha transcurrido de la misma forma para todos, y que, por lo tanto, las deudas y reparaciones históricas no son las mismas para los distintos pueblos que habitamos la región, en especial aquellos en condición de marginalidad.
Y justo ahora que la latinidad circula en el mainstream, en la carrera por mundializarse —y la consecuente desterritorialización que eso podría implicar—, me parece que la tarea es hacer una pausa y aterrizar. Aterrizar para observar el propio entorno y preguntarse, ¿quién pone la música en nuestras fiestas?, ¿quién cocina?, ¿quién limpia cuando acaba? ¿Hubo invitados con preferencia? ¿A quién faltó invitar?
Referencias
Agelvis, C. (2023). La latinidad de América: Una aproximación al discurso del mestizaje: The Latinity of America: an approach to discursive of half blood. (2023). Razón Y Palabra., 27(116), 218-227. https://doi.org/10.26807/rp.v27i116.2012
Blakemore, E. (5 de noviembre de 2024). Hispanos y latinos: ¿De dónde provienen estos términos y cuál es la diferencia? National Geographic. https://www.nationalgeographicla.com/historia/2024/11/hispanos-y-latinos-de-donde-provienen-estos-terminos-y-cual-es-la-diferencia
Bracho, Jorge. (2009). Narrativa e identidad: El mestizaje y su representación historiográfica. Latinoamérica. Revista de estudios Latinoamericanos, (48), 55-86. Recuperado en 07 de junio de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-85742009000100004&lng=es&tlng=es.
Hernández, T. K. (2016). La subordinación racial en Latinoamérica: El papel del Estado, el derecho consuetudinario y la nueva respuesta de los derechos civiles (C. F. Morales de Satién Rovira, Trad.). Fondo Editorial Casa de las Américas. (Obra original publicada en 2013)
Vaca Hernández, W. 2017. Región América Latina: procesos regionales entre la dependencia y la autonomía (Dossier) o Latin America Region: Between Dependence and Autonomy in Regional Processes o Região América Latina: processos regionais entre a dependência e a autonomia. Iconos. Revista de Ciencias Sociales, 57/21(1):41-60.